la herencia latina

Beppino Englaro no era partidario de la muerte de su hija, y hasta su mirada muestra las huellas del dolor de un padre que ha perdido toda esperanza y felicidad, e incluso belleza, a través del sufrimiento de su hija. Beppino debía ser respetado como hombre y como ciudadano independientemente de lo que cada uno piense. También, y sobre todo, si no pensaba como Beppino. Porque ha sido un ciudadano que se ha dirigido a las instituciones, y porque luchando dentro de las instituciones y con las instituciones sólo ha pedido que se respetase la sentencia del Tribunal Supremo.
Pidan perdón a Beppino Englaro (ROBERTO SAVIANO)

Hace unas semanas le decía a eme que había comenzado a pensar que, de los italianos no sólo hemos heredado raices latinas y cultura, sino también una clase política vergonzante, una justicia lenta, sin vendas que garanticen su imparcialidad y una capacidad de huir hacia adelante sin parangón. Días después, el Tribunal Supremo italiano le decía que un padre que podía retirarle la alimentación a su hija hasta morir.

No puedo siquiera imaginarme lo pasado hasta llegar a ese punto, al instante en que la más alta instancia de su país le dice que es legal dejar morir a su hija. El humor a la italiana comenzó entonces, con mil intentos políticos para detener una decisión judicial firme. Los intentos, vanos todos, de evitar la muerte de quien ya estaba media muerta fueron sorteando todos los obstáculos que les salían al paso, ayudados por políticos de medio pelo (literalmente) y próceres eclesiásticos, en nombre de la religión y la moral. Como ya se sabe, llegaron tarde y se dieron prisa en llamarlo asesinato.

Lo sangrante, al menos desde mi punto de vista, y lo que trae a colación el lúcido artículo de Roberto Saviano citado arriba, son las prisas por olvidarlo todo, por enterrar los rastros de su particular guerra santa. Para ello, han retirado en doce horas la ley que iba a mantener viva a una persona muerta desde hacía años, han llamado asesinos a los médicos que controlaron el proceso y han prometido investigaciones por todo. Pero, lo que no he visto, ha sido a ningún político que haya entonado un mea culpa por haberse interpuesto a una sentencia irrevocable de un alto tribunal alegando cuestiones de fe y moral. Por lo que se ve, lo que opinan los jefes de la iglesia, agarrándose a un mandato divino para poner todas las trabas a su alcance y, además, a contrarreloj. Y, como dice el artículo, nadie se ha parado a disculparse con el padre, el único que realmente pierde en toda esta historia.

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