la nieve, los hombres del tiempo y Beethoven

Este fin de semana hubo nieve y, mucha, casi sin avisar. Como siempre, los medios de comunicación daban la noticia de que el sábado empeoraría el tiempo (no sé porque lo llaman así, si para mí lo malo es el sol y sus cuarenta y cinco grados) y podría nevar. También como siempre, nadie se lo creyó y es que si algo tienen en común Asturias y Extremadura son las previsiones meteorológicas. La primera hace años que no forma parte de la cornisa cantábrica en todos los espacios del tiempo, el tiempo mejorará en la cornisa cantábrica, en Galicia, Cantabria y el País Vasco, mientras que en la segunda se cuentan con los dedos de un frigopie la veces que han hecho diana.

Pero este fin de semana lo hicieron y cómo. En el pueblo de eme la nieve nos sorprendió en un bar a la una de la mañana, entre gintonics y risas, cantando The river. Caían copos grandes, los trapos de toda la vida y caían bien. En un par de horas cubrieron el pueblo con un manto blanco de quince centímetros, mientras impartía clases de pilotaje en nieve para profanos. A las tres y pico de la mañana del domingo, con quince centímetros de nieve polvo sin pisar, con el coche completamente cubierto y en mitad de la tormenta, comenzó la aventura. Yo entiendo que el Dakar sea un aliciente para los aventureros, pero si quieres emoción, nada como cambiar tus escenarios cotidianos y volverlos extraños. Ni dunas del Rif, ni lagos de Noruega, nada como estar a cincuenta grados en un coche sin aire acondicionado sintiendo cómo se derriten los neumáticos o a uno bajo cero, sin visibilidad y en un entorno que conoces pero no reconoces. Después de las pertinentes bolas de nieve, los tropiezos de JuanFe y el butrón que hubo que hacer en la nieve para entrar al coche, nos fuimos para casa.

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De acuerdo, nosotros jugábamos con ventaja por tener conocimientos del medio y, ¡qué carajo! por tenerle ganas al pilotaje en nieve. El pueblo de eme no me es ajeno, pero con la nieve me crezco. Empleamos cinco minutos para llegar al destino mientras que el resto de la gente estuvo una hora dando tumbos. Y es que con pista deslizante siempre es mejor subir que bajar y elegir el camino es la mitad de la guerra. Frente al ayuntamiento hay una rotonda que está inclinada y que se convirtió en una suerte de trampa, en el punto de no retorno, en el Vietnam de la Serena. El primer coche se detuvo una vez completado tres cuartos de la rotonda y, a partir de ahí, uno tras otro iban quedando atrapados, mientras el resto se dirigía hacia la trampa, sin visibilidad y sin posibilidad de esquivarla. Una carnicería, en resumen.

Al día siguiente todo era blanco, hasta el coche granate de eme. La nieve estuvo cayendo hasta entrada la mañana y dejó la boca abierta a todo el mundo. Según eme, la última vez que nevó así ella tenía cinco años y Naranjito seguía estando en boga, así que no tardamos en ver cuadrillas de niños tirándose bolas tímidamente al principio de la mañana y bloques gigantes de nieve prensada y dura, herramientas de destrucción, a mediodía. Nada más poner un pie en la calle uno se convertía en objetivo, en enemigo armado y peligroso, aunque tuviese una cámara de fotos entre las manos y el cartel de PRENSA en el casco reglamentario. Con todo, nos fuimos de paseo buscando emociones y fotos, buscando un sitio elevado y alejado del barullo desde donde tener una buena panorámica, algo de naturaleza y nieve, mucha nieve.

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Mamá, aquí tienes el resto de las fotos. Por cierto, el perro de eme se llama Beethoven, es un galgo inteligente, juguetón y cariñoso que tiene la costumbre de poner sus patas en mis hombros, sonreir y mirar al objetivo mientra espera a que uno haga lo que pueda para sacarle una foto. Tiene más fotogenía que eme y yo juntos, el jodío. Y lo sabe.

El viaje de vuelta en tren estuvo marcado por los contrastes, por la nieve y el frio de afuera y los veintidos grados del vagón, por el paisaje blanco de La Serena y el gris de Mérida y, sobre todas las cosas, por la conversación de dos universitarias que comentaban las asignaturas que tenían y una de ellas, la que estudiaba informática, relató sus sueños de futuro. Cualquier parecido con la realidad era pura casualidad y, aunque fue divertido un rato, resultó cargante. La gente no sabe soñar y ésta chica, como la mayoría de la gente aquí, quiere ser funcionario. Allá ellos. A mí me bastó con sentirme como el Doctor Zhivago en el tren del lider bolchevique, caliente a pesar del frio y la nieve de afuera.

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