nieve

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let it snow, let it snow, let it snow

Nevó en Mérida y yo, que no había tenido el gusto de ver la ciudad vestida de blanco, me lancé junto con eme a la calle con la cámara de fotos en ristre, cual japonés furioso. No era el único, de hecho, la mayoría de la gente que estaba fuera de casa recorría las calles con una mezcla de fascinación y extrañeza, mientras fotografiaban a lo loco.

el acueducto de los Milagros nevado

Por unas horas, Mérida estuvo pintada de blanco y a mí se me alegró un tanto la cara. Me gusta la nieve, me gusta ver nevar aunque sea en lugares donde no hay costumbre. El frío me activa.

el regreso de la tierrina

O, mucho mejor dicho, nosotros también estábamos allí.

La última semana santa en la tierrina fue, ante todo, relajada. El día con más actividad fue, precisamente, el de la vuelta. La vuelta a casa sirvió para ver a la familia, dejarse querer y pasar tiempo con ellos que, por mucho que lo adornen, es el principal motivo de morriña, cuando uno hace su vida lejos.

Podría decirse que sufro un proceso de acomodo hacia la tierra que tan bien me ha acogido, pero creo que es más resignación por lo que veo y me cuentan. Sé que, laboralmente hablando, aquí no estoy mal, que puedo considerarme un privilegiado por trabajar en lo que me gusta y hacerlo tan a gusto. Y, precisamente, esta falta de costumbre a renunciar a los pocos sueños que atesoro, me ha traído hasta aquí y me obliga a mantenerme lejos de casa. Bonita paradoja.

El domingo, el día de la vuelta a Mérida, las previsiones sugerían que sería más acertado fletar un ferry hasta Lisboa, antes que tratar de atravesar la Cordillera Cantábrica. Por supuesto, nos jugamos el tipo, ignorando todas las advertencias. A la una de la tarde, la DGT decía que el Puerto de Pajares sólo se transitaba con cadenas (que no tenemos para el focus) y que el Huerna estaba limpio, así que, confiados y felices, nos dirigimos sin dudas hacia el peaje. El resto, se puede resumir en unas pocas cifras:

  • 25000 o 30000 vehículos por la autopista, según las fuentes.
  • dos horas y diez minutos en atravesar los dos peajes.
  • diez euros y pico por disfrutar del mayor atasco de la autopista.
  • el peligro de que con cada gasolinera o área de descanso se formaban más atascos, colas y retenciones.
  • y por último, el factor psicológico: tuvimos en un atasco a un coche camuflado de la policía nacional, con radar y todo, mirándonos mal.

Los cuatro coches que, en la desviación del Pajares y ya en caravana, se desviaron por el puerto acertaron de pleno. A la una y cuarto, el puerto se pasaba sin cadenas. A nosotros, la aventura nos restrasó dos horas y pico, tiempo que aprovechó eme para sacar fotos de la nieve, mirar por la ventanilla, ver nevar, ver llover, ver nubes y claros y volver a ver nieve. Al final, llegamos cansados y con la extraña sensación de haber viajado desde Gijón a Mérida, pasando por los Alpes y por algún paraje desértico de los Monegros, sin apearnos del coche.

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más allá del cénit

Han caido media docena de escuálidos copos de nieve sobre Mérida. No ha sido nada, no había nubes grandes y blancas en el cielo, únicamente unos jirones ínfimos un poco más allá del cénit y, con todo, han caido copos.

De pronto alguien ha gritado ¡está nevando! y todos hemos corrido hacia las ventanas un instante antes de cambiar el gesto y sentirnos defraudados, porque esperábamos ver, yo esperaba ver, copos grandes, trapos, cayendo lentamente en una especie de ballet minimalista y porque llamar nieve a lo que cayó es demasiago holgado y le viene grande.

Este fin de semana volveremos al pueblo de eme y, como hace un año, espero que caigan trapos blancos y gordos de nieve, de esos que, al mirarlos de cerca, te recuerdan a un fractal y espero que mitigue un poco la sed de nieve y esquí que tengo.

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