la sombra del ciprés es eterna

Hubo un tiempo en que me afanaba por tener en mi haber más libros leídos del mismo autor que una amiga. A ambos nos gustaba aquel escritor y tratábamos de encontrar los libros menos conocidos para devorarlos y apuntarnos el tanto. Ganó ella, que siempre llevó ventaja con las obras más contemporáneas, quizá porque yo siempre tiraba más hacia sus clásicos. Hoy me he levantado con la noticia de que ese escritor, Miguel Delibes, ha muerto.

En mi recuerdo, Delibes ha dejado alguna de las páginas que, aún hoy, consiguen evocar con nitidez una época, más gris, más fría, que nunca volverá. Tengo el recuerdo nítido de las horas pasadas con Mario, velándolo, escuchando los reproches de su mujer, en la oscuridad casi total de aquella habitación; recuerdo el frío, patente incluso en Gijón en mayo, que había a la sombra de aquellos cipreses de Ávila y la estampa de la muralla nevada; puedo ver, casi sin esfuerzo, la silueta del señor Cayo, recortándose sobre sus campos y sus árboles, sabio a pesar de su desconocimiento total de la política; todavía siento asco al evocar al señorito de Los santos inocentes, altanero y chulo como pocos; y recuerdo a Ana, la mujer de rojo, antes de su enfermedad en el que viene siendo el mejor y más sentido homenaje que he leído.

Atrás quedan las carreras por encontrar alguno de sus libros más raros o el extraño regusto al leer El camino por primera vez. Sólo me queda, cómo último homenaje, leer su último libro, El hereje.

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