Leoncio

El primer coche que recuerdo fue un Mini naranja en cuyos asientos de plástico, el verano y los horribles pantalones cortos que debía vestir, se me pegaban las piernas. Luego vinieron el Simca 1200 de güelito, que comparado con el Mini era lo más parecido al Queen Elizabeth II, el Renault 5 que todavía, en algunas noches sin luna se me aparece en sueños y me susurra preciosos cantos de sirena y, desde hace casi siete años, Leoncio está cual fiel escudero, a mi lado, pendiente y solícito. Leoncio es un Peugeot 206 y, mañana sábado va a cambiar de dueño.

En frío, sin pensarlo demasiado, es la solución más racional y lógica. Deshacerse de un coche, un seguro y el alquiler de un garaje, para alguien que puede disponer de otro coche y una moto en exclusividad, no debería ser ningún problema. No debería. El problema es que no todo es tan racional, tan aséptico ni sirve para amortiguar la sensación de caida.

En esta sociedad consumista y consumida, el día en que te compras tu primer coche está a la misma altura que la noche en que descubres porqué los asientos de éstos suelen ser tan abatibles. Leoncio, al igual que el Cinco (así, con mayúsculas y sin marca), fueron mis compañeros de viaje durante los últimos trece años y eso, sin duda, son demasiadas vivencias para archivar. En esta ocasión, como sucedió con el Cinco, el borrón y la cuenta nueva no es una opción.

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