limón

El viernes pasado, durante la comida de empresa típica de estas fechas, mis compañeros me otorgaron el premio “Fernando Fernán Gómez al más limón”. Hubo muchos más premios, con varias categorías tan dispares como la simpatía (el clásico premio naranja) o al mejor compañero pero, sinceramente, sigo pensando que me llevé el más significativo.

Desde que tengo uso de razón, siempre que ha habido una entrega de premios, ha habido premio limón y, normalmente, el agraciado no suele recogerlo de buen gusto. A mí me encantó recibirlo sobre todo porque no habría sido posible sin mis compañeros, que se han pasado un año desoyendo mis indicaciones para llamarme borde y pesado por algo tan sencillo como recordarles las cosas. Quizá por eso, casi me cae otro de los posibles diplomas gracias una expresión adaptada del impagable RTFM.

En fin, que tengo un cáctus de plástico sobre mi equipo que, aunque no anula la radiación del monitor, sí tiene una maceta de barro que pesa lo suficiente, como para ser utilizada como arma arrojadiza. Quien sabe, a lo mejor el año que viene me dan el premio a la mejor puntería.

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