premio

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el premio

Desde hace un tiempo, unos meses, me entretiene mucho pasar por la papelera del correo, ese lugar donde termina el SPAM que algún ruso tiene a bien enviarme. Haciendo recuento del último mes, creo que son trescientas las tarjetas y cuentas del BBVA en las que han cambiado la contraseña, mil y pico cajas de vi4gra realmente baratas y alguna que otra viuda de un honesto político sudanés que quiere que le ayude con unas finanzas. Mentiras, en su mayoría, que de puro repetitivas e, incluso, inocentes ya no resultan creíbles. No soy un tipo con tanta suerte como para que me surjan estas gangas.

Pero esta mañana había un correo en la etiqueta de spam con el que me he reído un buen rato. Por la cantidad desmesurada del premio, medio millón de dólares yankis que, según ellos, me había tocado en un sorteo perfectamente legal (¿cómo iba a ser sino?). Pero lo más hilarante ha sido la empresa que otorga el premio: Microsoft.

premio

Seguro que, buscando a algún cliente agradecido y puntual en los pagos, me han encontrado a mí. Con lo bien que hablo de sus productos y sus sistemas operativos. Seguro. Y la tierra es plana y termina un poco más allá de Finisterre.

limón

El viernes pasado, durante la comida de empresa típica de estas fechas, mis compañeros me otorgaron el premio “Fernando Fernán Gómez al más limón”. Hubo muchos más premios, con varias categorías tan dispares como la simpatía (el clásico premio naranja) o al mejor compañero pero, sinceramente, sigo pensando que me llevé el más significativo.

Desde que tengo uso de razón, siempre que ha habido una entrega de premios, ha habido premio limón y, normalmente, el agraciado no suele recogerlo de buen gusto. A mí me encantó recibirlo sobre todo porque no habría sido posible sin mis compañeros, que se han pasado un año desoyendo mis indicaciones para llamarme borde y pesado por algo tan sencillo como recordarles las cosas. Quizá por eso, casi me cae otro de los posibles diplomas gracias una expresión adaptada del impagable RTFM.

En fin, que tengo un cáctus de plástico sobre mi equipo que, aunque no anula la radiación del monitor, sí tiene una maceta de barro que pesa lo suficiente, como para ser utilizada como arma arrojadiza. Quien sabe, a lo mejor el año que viene me dan el premio a la mejor puntería.

premios y concursos

La empresa matriz de mi empresa envía una vez por semana un correo electrónico con un concurso para los empleados, con una pregunta acerca de la compañía, con tres posibles respuestas y un premio más simbólico que otra cosa. Las preguntas casi siempre tratan sobre el apasionante mundo de las finanzas, los modelos de negocio o los trillones de millones de ganancias durante los últimos quince días. Con esos temas y mi propensión a huir de los números como del cañón de una pistola, la mayoría de esos correos terminaron “archivados en la P” (de Papelera). Además, durante el verano, los premios iban claramente orientados a su uso y disfrute en la playa y pudimos ver todo tipo de balones de playa, juegos magnéticos y toallas, nada realmente jugoso que justificase el envío de un correo con el intento. Porque una cosa es intentarlo pero… ¿qué sucede cuando ganas? ¿Cómo justificas ante tus compañeros que tú leíste el correo, enviaste la respuesta correcta y ganaste, por ejemplo, un magnífico juego de petaca con bonitos colores playeros. Se trata, ciertamente, de un escenario poco tranquilizador.

Pero la semana pasada, con el nuevo curso, la tendencia en los regalos cambió y empezaron por un disco flash de un gigabyte de capacidad. ¡Coño!, precisamente como el que estaba buscando y a un precio más asequible. No es mucha capacidad, pero para un apaño vale. Así que envié mi respuesta sobre la marcha y, como debí ser el único, gané el concurso. No sé qué demonios preguntaban, ni qué respondí, únicamente sé que era la respuesta B.

Flash disk regalo de PC-Ware

Esta mañana me ha llegado el disco y, aunque es un poco voluminoso, tiene el tamaño de una tarjeta de crédito, creo que no nos llevaremos mal.