máscaras de carnaval

Este fin de semana pasado y carnavalero estuvieron aquí, en Mérida, mis padres, visitando al hijo pródigo que quiso aprender a vivir solo a setecientos quilómetros de las faldas de mamá. Y no es que no me guste, que me gusta, que me visiten, sino que es una extraña sensación en la boca del estómago, un peso extraño que no tengo cuando soy yo el que se patea media España y vuelve a casa para recuperar ciertas costumbres. Me resulta extraño no ser yo el que regresa, no ser el huesped y me choca ser el anfitrión, el hombre en la zona, el que decide dónde será la siguiente porque son las cinco y todo cierra. Soy, he aprendido a ser, un tipo ciertamente peculiar y el haberme batido el cobre solo y lejos ayuda, enseña a sacar los colmillos rápido, morder y, aún con restos del estropicio tiñendote los labios de rojo, sonreir. Mi madre se queja de que soy más ácido que antes y puede que lo sea, quien sabe, puede que haya tenido que empeñar el abrigo de lana para comprarme un traje de piel de lobo y una corbata de seda a juego.

Estos días han sido divertidos y diferentes, he ejercido de guía turístico de la insigne ciudad de Emerita Augusta, hemos pasado una mañana en el Museo de Arte Romano aprendiendo que ya estaba todo inventado dos mil años ha y, como no, hemos tratado de hacer que la visita turística se confundiese con una visita gastronómica, como cada vez que papá y mamá salen de casa con la intención de comer fuera, combinando el mejor cordero de la zona con los arroces al Tamboril portugueses. Cada vez que hago esto revivo continuamente los cómics de Astérix en Bretaña donde sólo tomaban comidas frugales de treinta y pico platos ante el asombro de Obélix.

También ha habido tiempo para el Carnaval de Badajoz, con sus comparsas, pasacalles y trajes vistosos. Allí tengo un amigo carnavalero que enlaza un Carnaval con el inicio de las tareas del siguiente y dice que, por mucho que lo intenta, no consigue dejar de pensar en ello todo el año, que más que una costumbre, se ha convertido en un vicio y se nota. En Badajoz, el Carnaval se vive, lo hacen grande y tratan de mejorar año a año con trajes imposibles y coreografías a juego.

Un fin de semana completo, en definitiva, del que apenas hay fotos porque siempre me dejaba la cámara en casa y que únicamente saqué de paseo el último día, por el Foro y el Templo de Diana o cuando volvía a casa solo por el puente romano. Seré más ácido, pero aún conservo el don de la inoportunidad.

Actualización: Mamá, he dejado aquí algunas fotos.

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