navidad

La Navidad (así, con mayúsculas), ha vuelto. Y digo vuelto porque nunca se termina, porque no hay manera de quitársela de encima, sacudiéndosela como una chaqueta. Siempre he pensado que hay alguien empeñado en conseguir que tengamos fresco en la memoria, aunque sea agosto, el sabor de un polvorón o el del turrón del chocolate. En la época más estival, cuando aprieta el sol y no te deja pensar, los anuncios de colonia y las películas americanas con motivos navideños, entre otros, me recuerdan que no se va nunca.

La Navidad no me gusta, no me ilusiona y, sobre todo,me parece una falta de respeto hacia los que no creemos en “la magia de la Navidad”. Mis razones son bastante subjetivas, aunque no creo ser el único que lo piensa. Para empezar, no creo en una felicidad sostenida que dura un mes y medio, ni en la felicidad obligada, ni en las buenas intenciones una vez al año. Si uno quiere hacer buenas acciones no debe restringirse a un mes y medio escaso para pensar en qué hacer, entre mordisco y mordisco al turrón de turno.
Tampoco me hacen gracia ni ilusión los villancicos ni los “jingles” ni las canciones navideñas yankis, ni los discos especiales con canciones trasnochadas que los buenos de los artistas sacan en estas fechas para ayudarnos a comprar más. Las compras es lo siguiente: ¿se conciben unas navidades sin compras ni lotería del niño, del gordo o del flaco? Si yo quiero demostrar a mi pareja cuanto la quiero, cuanto soy capaz de dar (económicamente hablando, por supuesto), no espero al último mes del año para colmarla de regalos, diez veces más caros y cuatro veces más absurdos de lo normal. Además, desde que los niños vienen con una PlayStation 2 debajo del brazo, la ilusión por los Reyes Magos ha desaparecido o se ha mitigado mucho (me niego a considerar a Papa Noel como una alternativa seria).
Esta es, también, un época especial para preparar las dietas del mes de enero y del nuevo año. Por eso nos “rellenamos” con toda la comida que podemos, hartándonos de los más variados placeres, sin privarnos de nada. Siempre, eso sí, tomando un Biomanán de postre.

Al final, uno se da cuenta de que, una vez perdida la ilusión que atesoraba de niño durante once largos meses, esperando la Navidad, las vacaciones, los regalos (coherentes, adaptados a la edad y en su justa medida), las luces, el frio y y a los Reyes Magos , la Navidad se reduce a gastar la paga extraordinaria de Navidad (bonita paradoja) en comida y regalos.

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