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el orgullo de mi madre

Hace algunos años, un puñado de avezados políticos decidieron que el orden de los apellidos era un tema vital para la seguridad del país e hicieron una ley para poder alterar el orden de éstos. En cuanto dicha ley salió adelante, mi madre nos reunió al hermanín y a mí para comentarnos, en un ambiente serio y circunspecto, que Martínez había muchos y Castañeda unos pocos menos y que debíamos pensar en el bien común. Debíamos cambiar el orden de nuestros apellidos, según su opinión, para preservar nuestra herencia.

Su intento, duele decirlo así, no prosperó en la misma línea que el de los políticos y, tanto el hermanín como yo declinamos amablemente su propuesta. No fue fácil y no abundaron los argumentos pero sé que no se lo tomó mal. Simplemente, jugó sus cartas para ver cómo no le salía nada más allá de una pareja de doses.

Estos días estoy realizando unas labores en un CPD al que se accede tras superar una de esas máquinas de control biométrico. Todo muy moderno y seguro. Lo divertido fue ver el nombre con que me identifica el aparato.

orgullo

Mi primera impresión fue que la máquina había hablado con mi madre a mis espaldas y, de motu propio, había decidido cambiarme el nombre, omitiendo mi primer apellido. Imaginé a mamá, henchida de orgullo, al ver cómo su apellido prevalecía sobre los viejos preceptos, victorioso.

No fue hasta un rato después cuando noté que, como se trata de un aparato anglosajón, no conoce la letra eñe y, otra vez, me había cambiado el nombre. Así que, finalmente, creo que quien ha utilizado la máquina no he sido yo, sino alguien con un nombre parecido.