orgullo

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odio, amigo, orgullo

Hay ciertas palabras que evito utilizar, en la medida de lo posible. Una es odio, en verbo y en nombre, porque considero que el odio implica demasiado esfuerzo para un vago como yo, al que nunca le compensará el esfuerzo de odiar intensamente a alguien.

Otra es amigo, y no porque no los tenga, tal y como mantienen algunas personas que me creen el eslabón perdido entre un hermitaño y un monje benedictino, ni porque blanda el número de amigos de facebook como coartada, sino porque distingo mucho entre amigo, conocido, compañero, etcétera. Mi categorización de las personas que conozco es bastante intensa y hace falta mucho esfuerzo por ambas partes para saltar de conocido a amigo.

La última palabra que me viene a la mente por falta de uso es orgullo. Mido mucho cuando usar esta palabra porque, desde siempre, la he asociado a problemas, a rencores, a falsedad. Sé que es una opinión subjetiva y particular, pero no recuerdo haber visto nada bueno asociado al orgullo.

Dicho esto, tengo que añadir que hoy voy a romper mi norma y voy a hablar del orgullo o, más bien, voy a hablar orgulloso. Orgulloso de mi sobrino porque ayer, con su vocabulario de media docena de palabras, le explicó muy ufano a mi madre que quería usar el ordenador para hablar con sus tíos, en vez de ver a Miliki cantando con Don Pepito y Don José. Y lo consiguió con un puñado de noes bien dichos porque mamá, que lleva muchas batallas a cuestas, nos llamó sobre la marcha para que nos conectásemos a la videoconferencia y no dejar al crío con las ganas.

Estoy orgulloso, también, de saber que por mucha distancia que nos separe, el guaje nos busca y nos llama cada vez con más frecuencia y se vuelve un poco loco (exactamente igual que los tíos, la verdad) cada vez que nos citamos por videoconferencia para enseñarnos sus juguetes o para ver cuanto ha crecido.

Y es que con esa sonrisa socarrona es muy difícil no caer rendido y orgulloso a sus pies.

no soy el típico friki

No soy el típico friki, por rubendomfer (flickr.com)
No soy el típico friki, por rubendomfer (flickr.com)

¡Hoy es el día del orgullo friki!

Normalmente no me gusta éste término por su sentido peyorativo pero, ¡qué demonios!, un día es un día. A eme, hay que reconocerlo, no le cuesta llamarme friki (creo que con cariño) pero tampoco le hace mucha gracia admitir que su pareja es un tanto atípico y que le encantan, entre otras cosas, mencionar este día. De mi gusto por las camisetas “diferentes”, si eso, hablo otro día…

el orgullo de mi madre

Hace algunos años, un puñado de avezados políticos decidieron que el orden de los apellidos era un tema vital para la seguridad del país e hicieron una ley para poder alterar el orden de éstos. En cuanto dicha ley salió adelante, mi madre nos reunió al hermanín y a mí para comentarnos, en un ambiente serio y circunspecto, que Martínez había muchos y Castañeda unos pocos menos y que debíamos pensar en el bien común. Debíamos cambiar el orden de nuestros apellidos, según su opinión, para preservar nuestra herencia.

Su intento, duele decirlo así, no prosperó en la misma línea que el de los políticos y, tanto el hermanín como yo declinamos amablemente su propuesta. No fue fácil y no abundaron los argumentos pero sé que no se lo tomó mal. Simplemente, jugó sus cartas para ver cómo no le salía nada más allá de una pareja de doses.

Estos días estoy realizando unas labores en un CPD al que se accede tras superar una de esas máquinas de control biométrico. Todo muy moderno y seguro. Lo divertido fue ver el nombre con que me identifica el aparato.

orgullo

Mi primera impresión fue que la máquina había hablado con mi madre a mis espaldas y, de motu propio, había decidido cambiarme el nombre, omitiendo mi primer apellido. Imaginé a mamá, henchida de orgullo, al ver cómo su apellido prevalecía sobre los viejos preceptos, victorioso.

No fue hasta un rato después cuando noté que, como se trata de un aparato anglosajón, no conoce la letra eñe y, otra vez, me había cambiado el nombre. Así que, finalmente, creo que quien ha utilizado la máquina no he sido yo, sino alguien con un nombre parecido.