un día borroso

Alguien me decía hace tiempo que los días borrosos son aquellos que, sin ser malos del todo, no son buenos. Son como tener una nube negra sobre tu cabeza un día de sol brillante, por eso son borrosos, poco nítidos, extraños.

Y hoy he tenido un día borroso, un día estresante y raro, largo como una carretera de noche y acabo de volver de correr veinte minutos, alumbrado por una inmensa luna blanca y llena, junto a un precioso teatro romano. Permanecer sentado ocho horas diarias aporreando un teclado ergonómico no está considerado como deporte, por lo que intento moverme de vez en cuando para evitar atrofias.

Tengo la impresión de que cuanto más duro es el día, más necesito moverme, salir de casa, desconectar y separarme un rato (no mucho) de las teclas y los ratones con panzas láser. Hoy, para correr, ni tan siquiera llevé la ipod, quizá porque no quería que las canciones me impusieran un ritmo, me condicionasen y me alterasen el trote. Así que partí tarareando una melodía de los ochenta y varié el recorrido de siempre, me fuí rodeando el teatro romano y saliendo a la puerta de la villa.

Lo bueno de los días borrosos es que, por muy difíciles que sean, terminan más o menos bien y puedes irte a dormir con el cerebro en blanco, caer dormido sin pensar ni esperar.

dia borroso

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