caballo de hierro

El tren no para de moverse y entre Villanueva y Don Benito coge más velocidad y las vías, que no están para nadie, parece que lo van a explusar, que vencerán bajo su peso. El traqueteo es constante, agresivo, me mueve de un sitio a otro del asiento, me obliga a sujetar la pantalla del portatil para evitar que también sucumba y el ruido, ese traca-traca-traca, consigue que no me entere de la película.

Voy al pueblo de eme en tren, es más cómodo, más barato, evita que conduzca (aunque sigue siendo uno de mis vicios) y, además, me permite ponerme al día con la videoteca. Sean Pen agoniza al recordar a su hija muerta en Mystic River y, al fondo del vagón, un tipo raro, amanerado y con evidente mala educación, pone un video de un telediario taiwanés en su portatil sin auriculares a todo volumen y lo comparte con el resto del vagón. La chica que se sienta frente a mí frunce el ceño y yo le doy la razón con la cabeza: es un gilipollas. Al abandonar Mérida el mismo tipo grosero y zafio se empeñó en compartir su conversación telefónica y entre gritos de “¡Divino, el perro es divino!”, se refería a un perro que, al parecer, aparece en la televición checa. En ocasiones así fundiría en una inmensa bola de metal y plástico todos los móviles del planeta.

Más adelante el vagón se vacía y me quedo solo, mirando a través de una ventana que refleja mi imagen porque afuera ya es noche cerrada. No hay más ruido que el de las ruedas pasando sobre las vías mal unidas y todo parece flotar a ritmo constante. Recorro el vagón y el descansillo y en el siguente vagón, también vació, encuentro un papel sobre un asiento. Está arrugado, hecho una bola y al desenredarlo veo que también está roto por la mitad. Contiene una inconfundible caligrafía de chica y el principio de una carta.

Mi amor,

me voy en dirección contraria a la tuya, hacia el sur, porque no puedo seguir a tu lado. Huyo por no enfrentarme, por no querer asumir la realidad, por no querer saber que tienes un problema y yo no sé cómo solucionarlo. Duele admitir que no sé cómo recuperar a la persona que sonreía dormido y que me enseñó a respirar hondo antes de saltar. No sé hacía donde voy, no me busques.

Adios.

Dejo el mensaje en el mismo sitio donde lo hallé, arrugado y roto porque pienso que llegará a su destinatario, que el tren hará de mensajero y vuelvo a mi asiento a ver pasar las luces amarillas a lo lejos, mientras la ventana negra refleja mi imagen.

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