offline

Lo que empezó siendo una posibilidad, un sueño cuasi imposible, sucedió estos días. Me fuí a Sevilla con la vana esperanza de desconectar del trabajo y olvidarme de todo lo que fuese posible en poco más de setenta y dos horas y, raro en mí, no he tocado un teclado (salvo el del móvil) en estos días. A cambio he sucumbido a las cervecitas, al pescaíto, a las puntillitas, al calor y a casi cuatro horas en la piscina del ático del hotel, con vistas a la Giralda.

la giralda desde la piscina

Cuando llevas una temporada dura en el trabajo, todo afecta, todo pasa factura y, con sorpresa, un día te das cuenta de que estás discutiendo por cualquier chorrada que ni te va ni te viene, sólo necesitas oír tu voz y, quizá por eso, la levantas más de la cuenta. Demasiado tiempo sin parar, sin desconectar, porque no sabes que lo necesitas, pasa una factura muy alta y, por eso y por mucho más, hay que irse, lejos, sin portátiles ni tecnología, a la vieja usanza: playeros y bermudas.

En cierto modo fue como antaño, como mi primer trabajo, dando tumbos por la piel de toro y conociendo ciudades de seis de la tarde a once de la noche, si había suerte. En aquella época salía de la gasolinera de turno, pasaba por el hotel, me vestía de oriundo y me iba a dar vueltas por el lugar donde estuviese. Sevilla, Valencia, Barcelona, Madrid, Soria… siempre con el atardecer, la mayor parte de las veces solo y más feliz que unas castañuelas.

Con tanto trajín he aprendido a camuflarme y, a pesar de pasearme por los alrededores de la catedral, de estand en estand de la feria del libro, ni una sola gitana me ofreció romero. ¡No he perdido el toque!

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