relato – El tiempo necesario

Ejercicio para el taller de escritura que consistía en escribir un relato empleando frases de tres palabras, como máximo. Hay que estar atento, la verdad, porque a la mínima se lía uno la manta a la cabeza y no le salen frases de menos de quince palabras. Quizá por eso, por ese límite máximo que han impuesto, ahora me desahogo escribiendo el equivalente a medio texto en tres únicas frases. ¡Vendetta!

El tiempo necesario

Al final, respiré. Hondamente. Profundamente. Como no recordaba. Sólo un accidente. Había sido eso. Nada más.

Alrededor, piezas. Fragmentos de coche. De mi coche. Ahogué un quejido. No tenía coche. Ya no. Un minuto. Sólo un minuto. Apenas nada más. El tiempo necesario. Después, el caos. Después, sin coche. Tirado. Dolorido.

Grité. No sé porqué. Rabia. Impotencia. Idiotez. Adrenalina. No lo sé. Miedo, tal vez. Luego, los civiles. Buenas tardes. Buenas tardes. Pruebas de alcoholemia. Pruebas de drogas. Pruebas de frenado. Informes. Y el atestado. Ni una sonrisa. ¿Qué ha pasado? Cuéntenos su versión.

Me gusta conducir. Desde siempre. Y el control. Las curvas. La noche. Carreteras regionales, no. Y tampoco autopistas. Prefiero las nacionales. Tienen más curvas. ¿El accidente? Si, en recta. No me explico. Voy atento. Siempre. Soy diligente. Me anticipo. Tengo reflejos. No fumo. No como. No bebo. No tomo drogas.

No lo vi. Eso es cierto. Simplemente apareció. Se puso enfrente. Se tiró encima. Apenas veinte metros. Pero lo esquivé. No sé cómo. Miré. No había nadie. Volví a mirar. Ya estaba allí. Surgió. Sólo pude reaccionar.

Giré el volante. Violentamente. Frené. Temí lo peor. El coche derrapó. Crucé el carril. Vi coches enfrente. Di otro volantazo. Las ruedas obedecieron. Cruce dos carriles. Fui al arcén. Contra el guardarraíl. Me sujeté. Esperé el golpe. No podía pensar. Mi cabeza gritaba. órdenes tras órdenes. Mi cuerpo respondía. Entero. Sin dudas. Como una máquina. Como nunca. El volante giró. Otra vez. Impacto lateral.

Apenas hubo golpe. Sí muchas chispas. ¡Mi coche!, pensé. ¡Lo estoy destrozando! Pero estaba vivo. Traté de frenar. No quiso. El guardarraíl frenaba. Pero no demasiado. Poco a poco. Lentamente. Parecía que frenaba. Casi estaba detenido.

El golpe apareció. Desde atrás. Inesperado. Con todo resuelto. Otro vehículo. Sin advertencias. Sin ruido. Sin esperar. Ese sí dolió. Y aturdió. Y dió impulso. Más chispas. Mi cuerpo, descontrolado. El coche, lanzado. Sin fricción. Libre.

De pronto, recordé. El freno manual. Podría funcionar. Busqué la palanca. A ciegas. Mano derecha. Palpé. Entre los asientos. ¡Bingo! Tiré. Sin pensar. De golpe. Con fuerza. No esperaba aquello. Frenó, sí. Derrapó, también. Giró. Ciento ochenta grados. Misma dirección. Sentido opuesto. Veía coches enfrente. Venían hacia mí. Esperé otro golpe. Uno frontal, brutal. Nunca se produjo. El coché frenó. Sin más. Sobre la línea. En el centro.

Mi cabeza gritaba. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Sal del coche! Yo intentaba obedecer. Busqué la palanca. La puerta abrió. Estaba intacta. Era lo único.

Salí. Mis piernas temblaban. No me sostenían. Mi cabeza gritaba. ¡Vete al arcén! ¡Quítate del medio! Obedecí. Ví otros coches. Detenidos. Golpeados. Gente asustada. Corriendo. Hacia el arcén. Todos.

Salté el guardarraíl. Caí de rodillas. No me levanté. Vomité. Temblaba. Sudaba. Reía. Lloraba. Todavía vivía. El peatón, también. El coche, no. Veía cachos, fragmentos. Aletas, puertas, focos. Todo roto. Por la carretera.

Alguien preguntó. ¿Está bien? ¿Tiene algo roto? Asentí. Quería hablar. No podía. Paladee vómito. Palpé sudor. Me estremecí. Me ladee. Terminé tirado. Olí la tierra. Sentí calor. Dejé de temblar. Dejé de llorar.

Lentamente, me levanté. Varios coches rotos. Un coche humeaba. Gente esperando. El tráfico, detenido. Al fondo, luces. Se oían sirenas. Se calmaban algunos. Otros lloraban. Uno ofrecía ayuda. Yo no sentía. Apenas oía. Sólo mi sangre. Bom, bom, bom. Contra mis oídos. Nada más.

Respiré. Y paladee vómito.

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