un buen motivo

Hace unos años, cuando me cambié de provincia, me traje a mi hermano menor unos días a Badajoz, en pleno agosto y con más de cuarenta y cinco grados de media diaria. Fueron días intensos para ambos en los que él aprovechó para perderse literalmente por la ciudad, llamar a eme y, cual GPS, pedirle su localización exacta. ÿl sí pudo usar la piscina que yo dejé practicamente intacta y sí pudo conocer, de primera mano, la vida de estudiante con posibles. Yo, por el contrario, le hice más bien poco caso, ocupado como estaba con mi nueva vida, mi nuevo trabajo y mi recién adquirido estatus de jefecillo con ínfulas. Aquella experiencia terminó al quinto día, de mañana, cuando el hermanín decidió que era el momento de volver al norte, al pie del Cantábrico. El calor opresivo, viscoso de Badajoz aquel verano y una reunión de comunidad decidió por ambos y, a media mañana, le vi partir en un autobús hacía casa. Esa misma noche, por teléfono, me juro y perjuró que nunca, bajo ningún concepto, volvería a embarcarse en un autobús si el trayecto superaba la hora y media. Jamás.

Esta tarde, mi padre y el hermanín cogerán un autobús desde Gijón que los dejará, diez horas después y a las tantas de la madrugada, en mitad de Mérida. Mañana sábado, a eso del medio día y ya recuperados del viaje, le regalaré mi coche a mi hermano, con el que volverán a Gijón el domingo. Todo un rally por etapas, entre Gijón y Mérida, en poco más de dos días. A mí personalmente, leoncio (así se llama el coche), me sigue pareciendo un buen motivo para romper una promesa tan radical como la suya y para hacerlo, ¡cómo no!, con nervios y sonrisas, como si hoy, dieciocho de enero, fuese en realidad la mañana de Reyes.

peugeot 206, coche

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