Diego Martínez Castañeda

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Pues eso, alguien loco, con cinismo, pleno de deseo y vacío de saliva de tanto gritar en el desierto.

No tendremos quince días en agosto juntos Tu…

            No tendremos quince días en agosto juntos. Tu madre la volvió a liar y con un argumento de mierda además de falso, decidió que no estaríamos juntos la segunda quincena de agosto.

Y, de paso, decidió sobre nuestro viaje a Gijón juntos, decidió por tus bisabuelas que llevan más de dos años sin verte, decidió sobre si ibas a la playa con tu primo Néstor y tus güelos o no, o sobre si conocerías un poco más la ciudad y también tomó partida sobre lo que íbamos a hacer en la semana que pasaríamos después en Sevilla. Ella, la última persona que debería siquiera hablar sobre nuestras vacaciones, tomó todas las decisiones y nos jodió nuestro (poco) tiempo negándonos nuestro derecho a estar juntos.

Como era de esperar, los días en Gijón no fueron como los planeamos a pesar de que hicimos muchas cosas porque nos negamos a tener que estar tristes. Todos te echamos de menos, nadie entendió lo que había hecho tu madre más allá de causar todo el dolor posible y prometimos volver los tres en cuanto se pueda. Y cumpliremos esa promesa.

No olvides que te quiero, que te queremos y te echamos de menos.

nómadas

Para poder traerte a Sevilla los fines de semana que pasamos juntos en vez de estar vagando por Mérida como nómadas, haciendo más ricos a AirBnb, hizo falta cambiar una letra en un documento oficial que parece que está hecho de piedra. Una ele pasó a ser una ene, un julio se convirtió en junio. Y así, corrigiendo un error tipográfico que saltaba a la vista con una lectura ligera de la sentencia, este fin de semana pasado pudimos traerte a Sevilla por primera vez.

El resto de la historia en el blog de hache.

Para poder traerte a Sevilla los fines de…

            Para poder traerte a Sevilla los fines de semana que pasamos juntos en vez de estar vagando por Mérida como nómadas, haciendo más ricos a AirBnb, hizo falta cambiar una letra en un documento oficial que parece que está hecho de piedra. Una ele pasó a ser una ene, un julio se convirtió en junio. Y así, corrigiendo un error tipográfico que saltaba a la vista con una lectura ligera de la sentencia, este fin de semana pasado pudimos traerte a Sevilla por primera vez.

No te voy a negar que estábamos nerviosos, sobre todo yo. Nos pasamos un mes y pico pensando sobre muchas cosas para que no sintieses este último gran cambio como lo que era, un punto de inflexión.

Pensamos en lo que te gustaría tener en tu habitación, además de los juguetes que nos han acompañado este año y medio por demasiadas habitaciones de Mérida que no eran la tuya. Tasia pensó que te gustaría tener un suelo blandito donde jugar que además tuviera las letras y así pudimos escribir tu nombre. Yo recordé lo divertido que es pintar las paredes y por eso hay una pared con papel negro donde pintar con tizas. Nos fuimos a ikea a por un par de cosas para la habitación y volvimos sin esas cosas y con diez o doce más. Nos volvimos un poco locos de la emoción.

Al final, después de pintar las paredes, adornarlas con la pizarra, montar la cama y la mesita de noche, llenar el armario con tu ropa, formar palabras en el suelo, situar todos tus juguetes (incluso los que no podíamos arrastras por Mérida fin de semana tras fin de semana), poner tus libros y cuentos por todas partes, dejar el pompero bien a la vista y cambiar los juguetes de sitio otra vez, al final, nos dimos por satisfechos. Aún quedan muchas cosas por hacer pero queríamos hacerlas contigo porque es tu habitación y tienes mucho que decir.

También pensamos en qué podíamos hacer juntos porque dos días parecen poco tiempo pero queríamos (y queremos) hacer muchas cosas, tantas como sea posible. Buscamos actividades para hacer juntos, paseos por Sevilla huyendo del calor, juegos de interior por si el sol no afloja, paseos hasta la playa e, incluso, tenemos un listado de sitios donde podemos ir.

Y luego estaba Áramo. Sabemos que no eres alérgico a los perros pero no sabíamos si tampoco lo eras a los gatos y esa posibilidad nos consumía. Ya has visto fotos de Áramo de pequeño, lo adoptamos cuando tenía menos de un mes de vida y desde ese día es uno más en esta familia que nos hemos construído. Pensar que podías ser alérgico y que tendríamos que darlo en adopción nos partía por la mitad. Yo estuve cruzando los dedos hasta que pasasteis un rato juntos y vi que no tenías reacciones ni sarpullidos ni ningún otro síntoma de alergia. Y luego, como si quisieraís celebrarlo os pusisteis a examinaros el uno al otro, entre juegos y carreras. De hecho, creo que ya habéis formando una pequeña banda de cachorros que nos va a volver locos.

Una hora después de llegar a Sevilla la mayoría de nuestras dudas se habían disipado mientras tu estabas jugando en tu habitación o corriendo junto al gato, riendo escandalosamente mientras nosotros pensábamos en el baño, la cena y, sobre todo, la noche. Tienes casi tres años y, creemos, a esta edad tendrías que hacer muchas cosas por ti mismo, cosas que no haces y que te están lastrando en tu crecimiento y dormir solo es una de ellas.

Después del baño con todos los juguetes sumergibles que hay en el piso y una cena rica, quisiste ver a Rayo McQueen en el proyector y te quedaste tranquilo, con tus coches favoritos, en el sofá. No pasaron más de veinte minutos cuando empezaste a dar señales de sueño, buscabas acurrucarte contra nosotros y dejabas de repetir los diálogos de la película, así que llegó el momento de ir a dormir, solo.

De camino a la habitación te fui contando lo que íbamos a hacer: ibas a dormir tu solito en la cama y yo me quedaría hasta que estuvieses dormido. Si te despertabas por la noche sólo tenías que llamarnos e iríamos, tenías tu botella de agua sobre la mesita y también dejamos la lámpara encendida. Son habitaciones adyancentes así que no tardaríamos en darnos cuenta que estabas despierto, pensé. Me tumbé contigo mientras te quedabas dormido, apenas cinco o diez minutos y me quedé dormido. Demasiadas emociones en un día para todos. Esa noche te despertaste tres veces y te volviste a dormir sin abrir los ojos tras beber un poco de agua.

Por la mañana te despertaste contento y con hambre como si la noche no la hubieras pasado en una cama nueva, durmiendo tu solo y en piso de papá y Tasia, esta vez sí.

Good bye, flickr!

En enero de 2005 me creé una cuenta en flickr.com y comencé a usarla casi compulsivamente. Un par de años después pagué la cuenta Pro y seguí así durante siete años más. Fueron los tiempos previos a (casi todo) instagram, facebook y demás redes y, a mi, me servía como punto de encuentro con fotógrafos (caborian era un lugar mítico a donde sólo accedías cuando ya tenías cierta idea de fotografía). Flickr era, además, el mejor lugar para alojar tus fotos para luego publicarlas en el blog y en el resto de redes porque, entre otras cosas, podías elegir la licencia con que las compartías, si dejarlas para descarga, firma, aplicaciones externas para subir y un largo etcétera.

Después vino el declive. Instagram salió del nicho de iOS y se hizo viral, facebook facilitó la subida de fotos y videos, twitter también y, mientras tanto flickr se marcó un yahoo y se dijo, na, sigo partiendo la pana. Y claro, eso fue el final porque ya no sólo estaba flickr para subir fotos sino que había mil servicios y ni siquiera tenías que crearte un usuario porque seguro que alguno ya estabas usando. Reaccionaron tarde, no supieron verlo e interpretarlo y pensaron que con sacar la opción de subir videos, sobraba. El resto es conocido: mal vendido a yahoo, dando tumbos durante años en decisiones extrañas y erradas, se marcaron un nokia (del todo a la nada absoluta) y ahora, hace un mes, vendido a un fondo de fotografía (yo creo que lo han regalado para quitarselo de encima). Y con el cambio de dueño, cambio de condiciones: se hacen cargo de todas las fotos pasándose la licencia que hayas usado por el forro y te dicen que sigas subiendo más, con una gran sonrisa y fotos chachis.

Pues a mí no me vale, no cuela y me piro. Con gran dolor me largo de flickr con viento fresco. Han sido trece años con altibajos (últimamente todo bajos) donde he aprendido mucho, he disfrutado muchísimo y hasta comencé a organizar photowalks allí. Han sido un montón de años pagando el plan pro, 25 dólares al año y un acceso enorme, y muchos más pululando por los foros, viendo fotografías ajenas y comentándolas y pidiendo permiso para usar fotos en algún proyecto de medio alcance. Todo eso se pierde hoy porque he borrado mi cuenta y he denegado al nuevo propietario el uso de las fotos.

Adiós, flickr y gracias por todos los buenos momentos.

PD para exportar todas las fotos de flickr al ordenador, vete al organizer, selecciona todas las fotos y crea un nuevo álbum con ellas. Vete al álbum y bajo el título hay un botón de descarga que te da un enlace con un comprimido. Puede tardar un montón, según tengas más o menos fotos. De nada.

Hay algo que debes saber todo absolutamente todo…

            Hay algo que debes saber: todo, absolutamente todo el conocimiento humano está en Los Simpsons. Otro día te cuento qué son Los Simpsons, hoy se hace tarde.

Ayer, sábado, me acordaba de ese episodio donde Homer le enseña a Bart cómo afeitarse mientras yo me afeitaba y recortaba la perilla. Y lo hice porque, nada más empezar, dejé de escucharte hacer ruido y la puerta del baño se abrío lentamente y te vi asomar la cabeza, curioso. Como hasta ahora no dormíamos juntos no me habías visto afeitarme al día siguiente y todo te parecía raro y nuevo.

Mientras te contaba qué estaba haciendo y porqué, me acordé de algo que hizo mi padre conmigo y lo repetí contigo: te puse un poco de espuma de afeitar en la punta de nariz y te levanté hasta que pudiste verte en el espejo. Las risas me confirmaron que todo se repite, una y otra vez.

Yo seguí con la tarea y tú, mientras tanto, tocabas la espuma, la olías y jugabas con ella y, claro, se secó y casi despareció. Con tus medias palabras y medias frases me dijiste que querías más espuma y nada, no importó que hubiese terminado y que todos los bártulos estuviesen recogidos, te eché un poco más en la punta de la nariz y, por supuesto, me eché a mi también porque las cosas se hacen bien.

teatro (y tres)

A diez minutos del estreno, el director le dijo al regidor por el pinganillo que los actores, a escena. El regidor los situó en sus posiciones en los laterales del escenario, en las mangas, en las posiciones desde las que iban a salir a escena. Las mangas están a oscuras, con luces tenúes y bajas y protegidas de las miradas del público por largas telas negras que cuelgan de los peines, de las estructuras que sujetan las luces. A, que estaba situada en la manga izquierda me veía perfectamente dentro de la estructura, con la cara desencajada y a borde del ataque de ansiedad. Me hacía gestos y me mandaba besos que yo no veía porque en su dirección todo era oscuridad y sombras. Al final distinguí parte de su vestuario e intuí lo que hacía y pude responder. Me salió el mismo gesto que cuando sufres un ataque de apendecitis.

Llevaba veinte minutos sentado dentro de la estructura y mi único pensamiento era cómo coño salir de allí sin que se notase. Porque la situación me venía grande, porque sólo quería irme a casa, darme una ducha y dormir tres días seguidos. Porque llevaba sentado en aquella silla una eternidad, con el portátil en las rodillas, inclinado para no tensar los dos cables que lo unían a los proyectores, rodeado de hierros, una botella de agua, el guión, una chaqueta, la maleta del portátil y luchando por respirar despacio. Al circo que me rodeaba había que sumar unos espejos enormes, de más de dos metros de alto, que pusimos para ampliar la señal de los proyectores que era pequeña como un folio. Porque, amigos, el teatro es un lugar fascinante lleno de trampas visuales. Si quería escaquearme sin ser visto tenía que evitar el reflejo de los proyectores, los cables, la estructura metálica y a los actores que estaban en la oscuridad. Como veía que no era posible, me resigné a terminar la función.

Por megafonía, Reyes anunció que comenzaba la función y fundí la imagen a negro, o casi, porque Libreoffice no apaga los proyectores como otro software pensado para esas tareas sino que envía un montón de luz negra y esa , obviamente, se ve cuando la proyectas sobre una tela. El director enloquecía por el pinganillo (maldito invento) y, en mi único acto consciente aquella noche le susurré al micrófono que era eso o quedarse sin proyección. Mensaje captado pero habría que revisar para la siguiente función.

Mi guión, como el libreto de la obra, comienza con un niño que habla de su abuelo. Aquella noche no había niño, ni adolescente, ni nada y en su lugar salió Marta interpretando a una cubana salerosa. Ahí sí que me acojoné del todo. ¿Me habiá equivocado de obra? Si no tenía el guión adecuado, ¿cómo iba a saber cuando meter imágenes? Estaba enfrascado en esos pensamientos derrotistas cuando Marta dijo una frase que yo había leído un instante antes, buscando alguna coincidencia. Volví atrás, localicé la frase, seguí las dos o tres siguientes y respiré. El guión era el bueno. El director, un par de días después de darme el libreto decidió quitar al niño y sustituirlo por la cubana y aviso a todos los implicados. A casi todos.

De la obra poco puedo decir, los nervios, las altas posibilidades de cometer un gambazo enorme y, sobre todo, la presión de que algo tan grande salga mal por mi culpa me pudieron. Encorvado sobre el portátil, con el guión sobre el teclado y alumbrándome para leer con una linterna pequeña y mucho cuidado de no ser visto, me pasé la hora y media larga en tensión. Para que no me durmiese, si eso era posible, me di cuenta de que cada vez que bajaban la plataforma elevadora, media platea me podía ver. No sabía a ciencia cierta si se me veía porque iba de negro pero con una iluminación potente supuse que si y escondía la cara en las sombras que hacían los focos.

Y llegó el final. Sin muro pero con monólogo potente, con todos los actores y actrices en escena, cogidos de la mano frente al público. Como ya no había más imágenes y estaban tapando la estructura, decidí salir de aquella jaula. Apagué los proyectores tirando del cable (si, no es lo mejor si quieres que la lámpara dure), dejé el portátil sobre la silla/potro de tortura, conté hasta tres y pasé delante de un foco que proyectaba una potente luz roja sin importarme un carajo y me pelee con la tela lateral que cubría la estructura. Sandra, de caracterización me vió salir peleandome con todo y con la cara desencajada y me abrazó. Sé que dijo algo pero no pude oirlo, sólo tenía en mente salir del escenario y tumbarme en algún lugar. Había llegado hasta el puesto del regidor para entregar el pinganillo y, de pronto, el actor que estaba agradeciendo a quienes habíamos trabajado en la obra dijo mi nombre. “El guardian del muro y responsable de audiovisuales, Diego”. Y me empujaron al centro del escenario. Y tuve que dar las gracias delante de un montón de gente. Y aplaudí. Y me escabullí en cuanto los focos apuntaron a otro.

Se había acabado y la vuelta a casa fue tranquila, hablando sin nervios, por fin y recordando escenas de la función. No recuerdo apenas nada más de aquella noche, sólo que dormí profundamente y que, tras tres días, descansé.

El domingo fuimos al teatro apenas dos hora antes de que empezase la función. El director y el co-guionista alertaron de los peligros del segundo día, de relajarse y de la autocomplacencia, con todo el mundo en escena, frente a las estructuras. Diez minutos antes de empezar reparé un zapato de tacón con cinta de embalar y un bote de pintura en espray y sujeté un imán de nevera con forma de rana a una camisa con unas bridas de fontanero.

Durante la función, más tranquilo esta vez, hubo un par de errores fruto de la relajación pero salió bastante bien. A mí, los técnicos del teatro me habían puesto una solución para evitar la proyección de luz cuando había que ir a oscuro. Básicamente era una caja de cartón, grande, sujeta al final de una caña de bambú que yo arrastraba hasta tapar completamente la lente del proyector, atrapando la luz y evitando que llegase al espejo y se reflejase en la lona. Baja tecnología al servicio de los agobiados.

En esta segunda ocasión tenía una silla para mi y otra para el portátil, había puesto los cables a los proyectores con mimo para que no sufrieran tirones ni desconexiones (las dos vueltas de cinta americana en cada conexión ayudaba 🙂 ), habían puesto tela negra para ocultarme del público cuando bajase la plataforma elevadora y hasta tenía una vía de escape de la jaula sin tener que pegarme con nada. Un lujo.

Esta vez sí pude disfrutar algo más del ambiente, de los nervios de las personas que salen a escena, algo realmente jodido, y ver el teatro con calma. Ayudé en cuanto pude y vi la cara de A durante la obra y, sobre todo, al terminar. Cuando cayó el telón los actores y actrices se abrazaron en el escenario, se felicitaron y se unieron en una piña. Fue bonito estar allí y ver que el esfuerzo que habían puesto había salido bien.

Como eran casi las diez de la noche y la gente del teatro quería irse a casa (no eran los únicos), recogimos a toda prisa y desmontamos todo el escenario. Me despedí de los técnicos de la casa, del teatro y hasta de las estructuras sabiendo que no volvería a pisar unas bambalinas por muchos bolos que tenga la obra.

Unos días después el director nos convocó a todos para comentar la experiencia y aprender de ella y, tras más de horas escuchando a todo el mundo, me tocó hablar. Comencé dándole las gracias a A por haberme metido en la obra, al director por la experiencia y le agradecía a unas cuantas personas su ayuda y su paciencia con un novato. Después lo solté: dimití de todos mis cargos y obligaciones. Si volvía a un teatro sería para ver la obra cómodamente sentado en el patio de butacas.

El director, sardónico, aceptó mi dimisión con una sonrisa pero al despedirnos me abrazó y me susurró al oído que cuando el teatro te muerde estás perdido y que no aceptaba mi dimisión. Allá él. Tomé la decisión de dimitir el viernes por la noche, cuando no podía dormir abrumado por un montón de obligaciones autoimpuestas y decidí esperar a que todo hubiera acabado para decirlo, a pelear para que todo saliese bien. Me había comprometido en hacer mi parte y haría todo lo necesario para cumplir.

Han pasado dos meses completos desde aquellos días locos y no he cambiado de idea. Puede que el teatro me mordiese pero su veneno no contrarrestó a los nervios, la ansiedad y el trauma de ser el novato y terminar en escena más tiempo que el actor principal. Sí, fue una experiencia enriquecedora que sacó de mi algo que no creía tener, una perseverancia y una voluntad que desconocía pero el precio fue demasiado alto. Y no acepto la excusa de que ahora que ya sé como funciona todo, será más fácil. Tendrán representaciones en varias ciuidades de Andalucía, habrá que montar de nuevo la estructura, las lonas, el muro, preparar iluminación, sonido, audiovisuales, caracterización, vestuario… Habrá que repetirlo todo en cada nuevo teatro y, sí, algunos pasos ya serán repeticiones pero la mayoría me temo que no. Supongo que me lo contará A, si tenía razón o no.

Como les dije a todos en aquella última reunión, me retiro del teatro en lo más alto de mi carrera.