capitán de navío

Nunca el negocio de los Meccano, los Lego y los puzzles de madera estuvo tan en boga y, para no ser menos, nosotros queríamos formar parte de la locura.

Así que, catálogo en mano, diseñamos todo el piso mirando fotos en papel couchè y nos entretuvimos apuntando artículos, precios y códigos de ocho dígitos en un hoja de cálculo, imaginando combinaciones de colores, colocando mentalmente los muebles en sus sitios correspondientes y, cuando reunimos el valor (y la pasta) suficiente, nos lanzamos a la piscina, inconscientes de nosotros, pensando que las cosas, cuanto más difíciles, más divertidas. Así que el martes, día festivo en la vieja Emérita Augusta, eme y un servidor se dieron una vuelta por Sevilla, por ikea más concretamente, a lomos de una brillante y gigantesca furgoneta de alquiler, conocída cariñosamente como el navío por sus doce metros de eslora y su propensión a zozobrar con un poco de viento cruzado en la autopista.

Una vez allí, en la casita de colores de los suecos (a la que, por cierto, no pienso volver en mucho, mucho tiempo), sucedió lo que más o menos se esperaba, una versión ampliada de las pesadillas de Elm Street, con demasiada gente alrededor intentando cojer las mismas cajas, nosotros dos tirando de cinco carros, cinco, cargados hasta el límite mismo de la ley de la gravedad y moviendo cantidades ingentes de esas pulcras cajas etiquetadas con su código, las medidas del contenido, el peso, los dracmas que cuesta en Grecia, etcétera. Probablemente, la parte menos dolorosa de todo haya sido pasar por caja y dibujar un garabato en la factura final, con un boli Bic que apenas pesa cincuenta gramos.

A la hora de llevarnos nuestras compras a casa surgió el dilema: el navío no podía acceder al garaje y era muy complicado sacar los carros a la calle, con su acera correspondiente, sus cuarenta y pico grados y hacer toda la labor de estibaje desde allí y, fue entonces cuando comenzó nuestra pequeña aventura ilegal, escuchando cómo las barras del control de gálibo rodaban por el techo del vehículo (benditos coches de alquiler, ya se hechaban de menos), esquivando las señales luminosas del garaje y las tuberías rojas de agua, demasiado bajas para mi gusto y aparcando en dos plazas de minusválidos. Cuatro faltas en cinco minutos escasos, mi record.

Luego, durante el agotador proceso de carga, la eterna pregunta: ¿cómo voy a salir de aquí, si es la segunda planta del garaje y se sale a través de la primera y este trasto no sube por la rampa sin romper algo? La respuesta es simple: Juan Carlos, el segurata, un tio majo que nos miró con cara de asombro al descubrir el Titanic en medio de su planta y que, amablemente, cortó el tráfico de acceso al parking para que yo saliese por donde había entrado, montando el pollo del día.

El apacible viaje de vuelta, el desvío para recoger al hermano de eme en Badajoz y las tres horas y media que empleamos los tres en subir los muebles me los guardo en la memoria, frescos y vívidos como si acabasen de suceder, para recordarlos dentro de algún tiempo, probablemente tras montar el inmenso mosaico de madera y cristal, el puzzle en que se va a convertir el piso.

A la mañana siguiente, dormido y jodido por el esfuerzo, pasé por delante del salón reconvertido a improvisado guardamuebles y, como Charlton Heston en El Planeta de los simios supe que no había sido una pesadilla, que realmente habíamos trasladado más de quinientos quilos a lo largo de trescientos quilómetros. Ya lo decía folixeru, pahabernosmataoporcualquieresquina.

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