piso

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nuevo catálogo de ikea

La semana pasada, eme estuvo de vacaciones los cinco días laborales y yo, los tres últimos. ¿Vacaciones? Quería decir obras, porque nos pasamos los días pegados a una bayeta y hasta nos hemos comprado un aspirador.

Todo, cualquier cosa, es poco por la nueva tarima flotante, o suelo de madera laminado o como carajo se llamen esas chapas de madera, color roble luminoso, que se colocan haciendo clic sobre el terrazo. Al final, como suele pasar con estas cosas (afortunadamente), el resultado ha merecido la pena y el piso parece otro.

En plan de broma, le dije a eme que con el suelo de madera y los muebles del fabricante sueco, nos iban a sacar en la portada del próximo catálogo de Ikea.

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capitán de navío

Nunca el negocio de los Meccano, los Lego y los puzzles de madera estuvo tan en boga y, para no ser menos, nosotros queríamos formar parte de la locura.

Así que, catálogo en mano, diseñamos todo el piso mirando fotos en papel couchè y nos entretuvimos apuntando artículos, precios y códigos de ocho dígitos en un hoja de cálculo, imaginando combinaciones de colores, colocando mentalmente los muebles en sus sitios correspondientes y, cuando reunimos el valor (y la pasta) suficiente, nos lanzamos a la piscina, inconscientes de nosotros, pensando que las cosas, cuanto más difíciles, más divertidas. Así que el martes, día festivo en la vieja Emérita Augusta, eme y un servidor se dieron una vuelta por Sevilla, por ikea más concretamente, a lomos de una brillante y gigantesca furgoneta de alquiler, conocída cariñosamente como el navío por sus doce metros de eslora y su propensión a zozobrar con un poco de viento cruzado en la autopista.

Una vez allí, en la casita de colores de los suecos (a la que, por cierto, no pienso volver en mucho, mucho tiempo), sucedió lo que más o menos se esperaba, una versión ampliada de las pesadillas de Elm Street, con demasiada gente alrededor intentando cojer las mismas cajas, nosotros dos tirando de cinco carros, cinco, cargados hasta el límite mismo de la ley de la gravedad y moviendo cantidades ingentes de esas pulcras cajas etiquetadas con su código, las medidas del contenido, el peso, los dracmas que cuesta en Grecia, etcétera. Probablemente, la parte menos dolorosa de todo haya sido pasar por caja y dibujar un garabato en la factura final, con un boli Bic que apenas pesa cincuenta gramos.

A la hora de llevarnos nuestras compras a casa surgió el dilema: el navío no podía acceder al garaje y era muy complicado sacar los carros a la calle, con su acera correspondiente, sus cuarenta y pico grados y hacer toda la labor de estibaje desde allí y, fue entonces cuando comenzó nuestra pequeña aventura ilegal, escuchando cómo las barras del control de gálibo rodaban por el techo del vehículo (benditos coches de alquiler, ya se hechaban de menos), esquivando las señales luminosas del garaje y las tuberías rojas de agua, demasiado bajas para mi gusto y aparcando en dos plazas de minusválidos. Cuatro faltas en cinco minutos escasos, mi record.

Luego, durante el agotador proceso de carga, la eterna pregunta: ¿cómo voy a salir de aquí, si es la segunda planta del garaje y se sale a través de la primera y este trasto no sube por la rampa sin romper algo? La respuesta es simple: Juan Carlos, el segurata, un tio majo que nos miró con cara de asombro al descubrir el Titanic en medio de su planta y que, amablemente, cortó el tráfico de acceso al parking para que yo saliese por donde había entrado, montando el pollo del día.

El apacible viaje de vuelta, el desvío para recoger al hermano de eme en Badajoz y las tres horas y media que empleamos los tres en subir los muebles me los guardo en la memoria, frescos y vívidos como si acabasen de suceder, para recordarlos dentro de algún tiempo, probablemente tras montar el inmenso mosaico de madera y cristal, el puzzle en que se va a convertir el piso.

A la mañana siguiente, dormido y jodido por el esfuerzo, pasé por delante del salón reconvertido a improvisado guardamuebles y, como Charlton Heston en El Planeta de los simios supe que no había sido una pesadilla, que realmente habíamos trasladado más de quinientos quilos a lo largo de trescientos quilómetros. Ya lo decía folixeru, pahabernosmataoporcualquieresquina.

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cuando canta la gorda…

Según Groucho Marx, la ópera no acaba hasta que no canta la gorda. Pues bien, la gorda ha cantado esta mañana en Mérida y eme y yo somos los orgullosos propietarios de una hipoteca a treinta años.

He puesto esta entrada en la categoría de humor por la cara que se me quedó al escuchar al señor notario decir que no sabremos lo que es tener un piso hasta el año dos mil treinta y seis. ¡Dos mil treinta y seis! Sigo prefiriendo el término treinta años, es menos agresivo.

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hipotecas, sueños, terrazo

Viernes pasado, 19:35, interior.

eme era un manojo de nervios, se atascaba al hablar, le sudaban las manos, no podía dejar de moverse por la habitación y tenía dolor de cabeza. Yo no es que estuviera mucho mejor pero, por lo menos, mantenía cierta calma (pachorra, díria alguno). Hacía un rato que habíamos llegado de ver el último piso con opciones de compra, un tercero apañao, soleado y coqueto que, aunque no contaba con todos los puntos de nuestra lista de requerimientos, si tenía la mayoría de la lista de básicos. Cuando uno lleva más de un mes en estas lides y conoce la derrota de no llegar a tiempo a la señal, sabe que el tiempo galopa en tu contra y que debes renunciar a la bañera con hidromasaje que, de cualquier otro modo, se te antojaría necesaria.

— Entonces, ¿lo compramos?

— Yo creo que sí, sólo le falta el aire acondicionado y el suelo de tarima y estoy dispuesto a sudar todo el verano y a dormir sobre el terrazo, si es necesario.

— ¡Buff! Es mucha pasta…

— Y será más sino nos damos prisa. Un millón al mes, exactamente. Además, el miércoles abrieron el Mercadona al lado y el jueves ya hubo subida de precios. Es ahora o nunca.

— Vale, ahora.

— ¡Voy a llamar al de la inmobiliaria! ¡Este no se nos escapa!

Así que llevamos todo el fin de semana haciendo números, sumas, restas y todo tipo de operaciones matemáticas que explican, friamente, que voy a revivir el verano del 2003 durmiendo sobre el terrazo.

Además, esta mañana me he tirado dos horas y pico sentado entre una pareja de divorciados que vendían un piso (nótese el tiempo pasado), viendo cómo un tipo redactaba un contrato para la entrega de la señal, en Mérida a tantos de tantos de dos mil tantos. Y, por si no fuera poco y para completar el cuadro, hoy en El Pais han puesto esta viñeta:

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Así que nada, que lo sepais, eme y yo ya estamos en camino de ser propietarios de algo hecho de ladrillos y cemento, un rincón coquetón y curioso que tendrá una habitación pa los colegas por si tienen huevos para venir de visita en agosto. Ya somos como la mayor parte de los españolitos de a pie, bajos, cejijuntos y con hipoteca al hombro.

El principio del fin…

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