cinque notti a Roma

Para terminar con todo lo relacionado con el viaje a Roma, unas cuantas consideraciones. Tómense en pequeñas cápsulas…

Lo mejor

  • El legado de Miguel Ángel. Acercarse a ciertas estatuas como La Piedad o el Moisés es, sencillamente, impresionante. Mis conocimientos de escultura son muy limitados pero todavía recordaba las descripciones y anécdotas de los profesores de historia con quienes visité por primera vez Roma.
  • Piazza Navona. Ya en mi otra visita se convirtió en el recuerdo más nítido de cuantas plazas hay en la capital italiana. En esta ocasión, además, tuvimos el placer de pasear por allí a diferentes horas del día y de la noche y ver el paisanaje que se mueve y anima el sitio. Además, la fuente de los cuatro ríos sirve de fondo para el mejor retrato que he conseguido hacerle a eme hasta la fecha. En cualquier caso, no es excusa para dejar de visitar las otras mil plazas que hay en la ciudad.
  • Los helados. No los recordaba, imagino que mi cerebro tuvo que elegir entre agarrarse a un gran recuerdo o un buen helado, pero se llevan, de largo, el mejor sabor del viaje. Más cremosos que todos los conocidos, con más sabor y sin esa sensación de estar comiendo “hielo con sabor y color a naranja”, pasamos verdaderos apuros a la hora de escoger los dos sabores entre las cincuenta opciones. Cada día, sin faltar uno, nos premiábamos por nuestro esfuerzo con un helado, aunque el precio fuese ilegal. Como recomendación, el helado de mango del Blue Ice de Via dei Due Marcelli.
  • Lorel in the World. Es raro, muy raro, toparse con un buen restaurante que no sea caro en mitad de una ruta turística y más en una ciudad como Roma. Nosotros tuvimos la suerte de toparnos con éste restaurante coqueto y pequeño, entre Piazza Spagna y la Fontana di Trevi, en medio de la ruta de migración de turistas. Posee una terraza, situada sobre la acera, en donde cenar las noches de verano y la carta es bastante amplia. Las pizzas, como no, estaban exquisitas aunque había algunos otros platos que nos sorprendieron. Telepizza murió aquella noche para nosotros :D.
  • Agua. El verano en Roma es inclemente. Las temperaturas que sobrepasaban los treinta y cinco grados con una humedad tremenda hasta bien entrada la noche, fueron la tónica durante aquellos días y, para alguien que ya ha perdido la costumbre de batallar con la humedad, un agobio. Pero por todas partes en la ciudad hay fuentes públicas, a menudo en un estado bastante lamentable, en donde refrescarse, siempre y cuando se pierda el miedo a contagios y bichos raros. En mi experiencia, por muy mal que esté la fuente, el agua es perfectamente potable y, como aliciente, helada.

Lo peor

  • El tráfico. Tengo el presentimiento que el Vaticano se instaló en Roma a sabiendas de que, dos mil años más tarde iban a necesitar actos de fe para cruzar un simple paso de peatones. Las señales, sean cuales sean, no existen para los conductores. Los pasos de peatones se cruzan cerrando los ojos, aprentando el culo y caminando despacio, para dar tiempo a los vehículos a esquivarte. Porque detenerse no se detiene nadie, te esquivan o pasan más rápido antes de que los alcances. Siempre me quedará el consuelo de saber que, en China están peor aún.
  • El calor y la humedad. Poco más hay que decir: mucho calor, una humedad altísima y un cansancio horrible derivado de todo ello. Los próximos viajes a Italia, en noviembre.
  • El turismo. Es un motor de economías y un verdadero impulso para un país pero también es un monstruo que desvirtúa todo lo que toca. Uno no sabe, pero si intuye, que cualquier pequeño rincón hace años que perdió cualquier encanto. No queda nada por ver en la ciudad eterna.
  • El mercantilismo de la iglesia. El turismo convierte todo lo que toca en oro, desde un simple café hasta una camiseta de marca que ve duplicado su precio. Sin embargo, volver a Roma ha significado volver a vivir la forma más abyecta de mercantilismo. Saber que una organización se está haciendo cargo de una innumerable colección de obras de arte y que se afana en sacarle provecho económico ha sido, de largo, lo peor del viaje. Un par de ejemplos para ilustrar esto:
    • en cualquier museo de la ciudad hay paneles informativos referente al contenido, con explicaciones y gráficos; en todos los museos, iglesias y edificios bajo el control del Vaticano, la única información que había sobre las obras expuestas eran los números de la audioguía que alquilaban al inicio. Eso sin contar con el precio de las entradas.
    • el recorrido que lleva a la Capilla Sixtina es un tour obligado para los turistas. Manadas de enfebrecidos turistas trotan por las estancias a paso ligero, fotografiando todo cuanto se pone ante su mirada. Creo que han puesto un par de kilómetros de salas entre la entrada y la capilla, llenas de estatuas egipcias, mosáicos y tapices, para crear incertidumbre y sensación de prisa. Las fotografías, con flash, sin flash, con trípode o a pulso, están permitidas por los vigilantes hasta llegar al pasillo anterior a la capilla. No es que haya nada que fotografiar, que no lo hay, sino que ya te van avisando. En la Capilla Sixtina no se pueden hacer fotos, ni grabar videos, no se puede estar mucho tiempo parado y no dejan que te sientes en los asientos sino es por poco tiempo. Si te pillan (hay hasta vigilantes de paisano), te obligan a borrar las fotos delante de ellos. El motivo, que los frescos de Miguel Ángel se estropean a pesar de no usar el flash y de estar a un mínimo de diez metros del suelo. Eso sí, antes de entrar e inmediatamente después de la salida, uno se encuentra con dos kioskos llenos de recuerdos y fotos de la capilla, con todas la pijadas que se puedan imaginar.

Para tener en cuenta en otras visitas/viajes a Roma

  • Roma Pass. Tres días de transporte grátis y dos entradas a museos (Coliseo y Capitalinos incluídos), por veinte euros. El metro en Roma, a pesar de estar viejo (al menos una de las dos líneas), es bastante útil para moverse entre zonas, si uno no va al centro de la ciudad. Debido a las ruinas romanas, no hay bastantes paradas de metro en la zona más turística de la capital. Es entonces cuando es interesante coger el autobús, aunque sus paneles sean crípticos y los mapas con las rutas, inexistentes. No deja de ser divertido, sobre todo para moverse por Trastevere y la parte sur de la zona más turística.
  • Vuelos baratos. Lo barato sale caro. Ryanair se empeñó en cobrarnos la facturación del equipaje las dos veces que tuvimos que coger el avión, a pesar de haberlo pagado en Madrid. Al final cedes, más por cansancio, ganas de volar y odio cerval hacia la persona que tienes delante, más que por justicia o derechos del viajero. La Unión Europea tiene su lista negra de aerolíneas comerciales y, desde el viaje a Roma, nosotros también.

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