crash test dummies

Sucedió el pasado uno de enero, el primer día del nuevo año, a eso de las once de la noche. Volvíamos a casa, en Gijón, tras haber dado un paseo tranquilo después de dos días en cama por una gastroenteritis vírica y traidora, que decidió joderme las vacaciones y el fin de año a yogures. A medio kilómetro del garaje, un sevillano despistado se saltó un ceda el paso a ochenta kilómetros por hora, apareciendo de la nada e impactando contra el eje trasero del focus. Por los pelos.

El tipo, lejos de amilanarse, se bajó del Honda sin dar explicaciones ni pedir disculpas, argumentando que el coche era nuevo y que no conocía la ciudad. Debe ser, supongo yo, que en Sevilla la señal de ceda el paso tiene un ribete amarillo fluorescente, un guardia urbano con la espada de Dark Vader y un tirador de élite en la azotea más cercana. Del exceso de velocidad, ni quise preguntar. Así que, tras rellenar el pertinente parte amistoso de impacto por sevillano, me encontré llevando el coche al garaje y dejando al tipo con su coche nuevo y su radiador partío en mitad de la calle.

A partír de ahí, la otra guerra, la del seguro. A pesar de haber sido la víctima, de haberme encontrado con el pastel a la vuelta de una esquina, el seguro (los seguros), te tratan como si en realidad fueses el verdugo. Mi tío, en uno de esos arranques de clarividencia comentaba que, para esta gente, los accidentes siempre tienen tantos culpables como vehículos implicados. ¡Y hay que estar contento!, decía, porque tienen a bien descolgarte el teléfono.

Es una experiencia de lo más desagradable, la de tener que llamar a un 902 un mínimo de tres veces para que cumplan con su parte del contrato. Porque en el papel lo pone muy claro: si te ves involucrado en un accidente y no es culpa tuya, te llevamos de vuelta a casa junto con el coche y te lo reparamos donde tú digas. ¡Y una mierda! Lo único que me ofrecía la voz del teléfono era una grua para quitar el coche de la carretera.

Tras dos días de intensas llamadas telefónicas, me atendió una chica con eso que tanta falta hace en estas situaciones: sentido común. Comenzó desdiciendo a una de sus compañeras que decía que, si solicitaba una grúa y una vuelta a casa, ésta tenía que realizar sobre la marcha, perdiendo un día de vacaciones. Esta chica, la coherente, cuyo nombre no recuerdo y es una pena, me explicó detalladamente todo el proceso, los pasos a seguir y los plazos. También me facilitó un número de teléfono en el que no robasen, un 900 (leer postdata) y dejó todo detallado en la incidencia, para evitar futuros problemas.

El domingo tres de enero, por fin, pudimos volver a Mérida en un coche de alquiler, un precioso Nissan Qashqai cómodo, grande y fácil de conducir, que no evitó que sintiésemos una punzada de remordimientos por dejar al focus en Gijón, traicionándole de una manera tan burda. Pero, una vez más, la gente del seguro supo cómo devolvernos la alegría con una pequeña victoria: el coche que tan gentilmente nos habían reservado era un Renault Clio. Sin ánimo de ofender (soy muy de Renault desde el mítico R5), con ese coche no podíamos llevar ni una cuarta parte del equipaje, que incluían, entre otros, una maleta tamaño familiar, un par de bolsas de imprescindibles (zapatos y cosmética, principalmente), el resultado de una visita fugaz a los suecos, varios tupper ware con la comida que con tanto amor y cariño nos prepararon mamá y güelita y más, mucho más. Se lo comenté a la chica del teléfono, una vez más y, menos mal, me hizo caso.

Y así estamos, sin coche, con moto y la mayor concentración de lluvia sobre Extremadura en varios años. Cada mañana, como si fuésemos al campo a recoger aceitunas, nos asomamos a la ventana y miramos al cielo, pendientes de la lluvia y el frío. Definitivamente, uno no sabe lo mucho que depende de algo hasta que llega un sevillano y te lo arrebata.

PD te lo dicen cuando te consideran un cliente VIP, allá por la tercera llamada pero, para que se sepa, el número gratuíto de Allianz es el 900 117 117.

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