venganza, tortura, dolor

los chinos, que tienen dos mil y pico años de experiencia en estas lides, le habrían cortado la mano en rodajas tan finas que podrían pasar por carpaccio, a lo largo de una semana y pico. Los mayas, en cambio, mucho menos delicados, le habrían arracado el corazón para comérselo aún palpitante. Los marinos británicos le habrían pasado por la quilla, que siempre fue uno de mis suplicios favoritos. Te ataban en la mitad de una soga y, situándote en la proa, te descolgaban por el exterior del barco, y te hacían atravesar el barco longitudinalmente, por debajo, mientras corrían por la cubierta arrastrando la soga. Era raro salir vivo de esa. La inquisición española, por su parte, tan especializada en el dolor, le habría aplicado el numerito de la jaula caliente, el abdomen y la rata hambrienta.

Lo cierto es que, ante tantas buenas opciones, uno no sabe por cual decidirse, en caso de cruzarse con el hijo de la gran puta que se entretuvo esta mañana rayando el lateral derecho del coche. A lo largo, en tres tramos muy marcados y a media altura. Como para pillarlo en mitad de la operación. Creo que sería capaz de construir un barco de tres palos y treinta metros de eslora para pasarlo por la quilla. Pero, en cualquier caso, estoy tranquilo porque ese cabrón se comprará un coche un día. Y, como quien no quiere la cosa, algún bastardo seguidor de viejas costumbres se encargará de sus laterales. Eso si no lo pilla alguien in fraganti antes.

Cabrones de mierda… Nueve días ha durado intacto el lateral. Y, como cuando compramos el coche tardaron dos semanas en rayar ambos laterales, ya estamos hasta los huevos de este sentimiento, a medio camino de la impotencia y el asco.

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