no soy el único que lee en sitios raros…

Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.

Hernán Casciari en El turista original.

Recuerdo con mucho cariño la ruta en tren que, día tras día, me llevaba hasta La Felguera y en donde leía todo lo que podía, casi de forma compulsiva. La ida la dedicaba sobre todo a dormir y al final me resultaba fácil saber cuando despertarme para no pasarme de estación. Pero la vuelta tenía algo de placidez y relax, con el walkman a todo trapo y una novela o un tocho técnico entre las manos, mientras dejaba que el tren me meciese hasta casi dormirme. Era en estado de duermevela cuando los conocimientos del libro pasaban mejor hasta el cerebro, a través de las manos.

En aquel vagón y con aquel método de estudio tan válido aprendí algunos de los conocimientos técnicos que, todavía hoy, me salvan el cuello en alguna ocasión. En algún punto del trayecto entre La Felguera y El Berrón aprendí la teoría de bases de datos y los rudimentos del lenguaje SQL’92. PHP3 cayó entre La Florida y Tremañes. Pero, mi momento preferido fue, sin duda, cuando me puse en pie a la altura de Carbayín porque en “La carta esférica”, Coy acababa de incumplir su promesa con la protagonista de la novela, el personaje femenino con el mejor nombre que soy capaz de recordar, Tánger.

Comparte este/a entrada

2 ideas sobre “no soy el único que lee en sitios raros…”

Los comentarios están cerrados.