lectura

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arrullar les palabres

-Hola, buenes, venía a descambiar esto.
-¡Un libro electrónico, guau!
-Sí, yo tamién toi que muerdo. Los reyes del mi fiu, ¿oíste?
-¿Algún defecto, avería??
-El olor.
-¿Perdón?
-Mire, mire. ¿Qué y-parez?
-No huele a nada.
-¡Ahí, chaval! Esi ye el tema.
-¿Cómo dice?
-¿Conoces el placer de oler el papel, cuco?
-Bueno?
-¿Sabes lo que ye pasar la nariz por cada página?
-Verá. Yo es que con los libros soy más de leer que de esnifar.
-¿Y la textura?
-¿Qué?
-Acariciar la tapa y que se te ponga dura?
-Oiga?
-?Arrullar les palabres con un lapicín, palpar los dibujinos?
-Ya.
-?Marcar donde vas, releer impaciente mientras que lu sujetas y das vuelta a la página y la manoseas por detrás y…
-¡Tranqui ho!
-Perdona, chato, ye que me enciendo.

La máquina de leer, de Maxi Rodríguez. (es un enlace de facebook y es posible que sólo esté activo iniciando sesión)

a la sombra de las dagas, el paraíso

En pasado viernes recibí el libro de Peter Berling, A la sombra de las dagas, el Paraíso. Es mi primera adquisición en una actividad bastante interesante del Taller de las Palabras, basada en subastas y pujas. Explicado sencillamente, se pone en subasta un libro o un pack de libros y se puja por el hasta un máximo o una fecha tope. El dinero recaudado se empleará, al finalizar la actividad, en algún fin social.

Respecto al libro, a mí que me gustan “al peso”, este cumple las expectativas y es suficientemente grande como para durar un tiempo. Ya he podido leer un poco, una treintena de páginas y está bien escrito y cuenta una historia de caballeros templarios, sectas de asesinos y un paraíso con las mujeres más bellas del mundo. Por lo pronto, promete.

no soy el único que lee en sitios raros…

Ahora mismo estoy viajando en un tren y voy leyendo un libro gordo muy interesante. Mis tiempos de lectura ocurren en el ferrocarril o cuando estoy cagando en casa. Pero resulta que tanto el baño como el vagón presentan incomodidades: no tienen mesas amplias ni apoya brazos, por ejemplo; entonces al libro lo debo soportar en las manos. Cuando el volumen es breve no hay mayores problemas, pero ir y venir con un ladrillo de medio kilo en las manos, en pleno siglo veintiuno, empieza a resultar un despropósito.

Hernán Casciari en El turista original.

Recuerdo con mucho cariño la ruta en tren que, día tras día, me llevaba hasta La Felguera y en donde leía todo lo que podía, casi de forma compulsiva. La ida la dedicaba sobre todo a dormir y al final me resultaba fácil saber cuando despertarme para no pasarme de estación. Pero la vuelta tenía algo de placidez y relax, con el walkman a todo trapo y una novela o un tocho técnico entre las manos, mientras dejaba que el tren me meciese hasta casi dormirme. Era en estado de duermevela cuando los conocimientos del libro pasaban mejor hasta el cerebro, a través de las manos.

En aquel vagón y con aquel método de estudio tan válido aprendí algunos de los conocimientos técnicos que, todavía hoy, me salvan el cuello en alguna ocasión. En algún punto del trayecto entre La Felguera y El Berrón aprendí la teoría de bases de datos y los rudimentos del lenguaje SQL’92. PHP3 cayó entre La Florida y Tremañes. Pero, mi momento preferido fue, sin duda, cuando me puse en pie a la altura de Carbayín porque en “La carta esférica”, Coy acababa de incumplir su promesa con la protagonista de la novela, el personaje femenino con el mejor nombre que soy capaz de recordar, Tánger.