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la sonrisa de los tristes

A Good Book.

Hace un par de meses, tomando algo, Manso me comentó que llevaba un tiempo dándole vueltas a la posibilidad de escribir un libro. Nos pasamos la siguiente cerveza y media hablando de las ventajas de la autopublicación, del esfuerzo y el tiempo que conlleva y de donde se puede sacar y del placer que da acariciar el lomo y leer una página al azar, una vez lo tienes en tus manos. Pensamientos en voz alta de un par de fetichistas de los libros quienes, por supuesto, no mencionaron el tema para no gafarlo.

El viernes pasado me crucé con él yendo en coche y, en medio de un paso de peatones me gritó que ya no le quedaba prácticamente nada para terminarlo. Más tarde, con calma y sin coches pitando, me comentó llevaba buen ritmo y calculaba finalizarlo en breve. Después, lo arduo, las correcciones, las revisiones y la lectura, una y otra vez, de todo el manuscrito como si no lo hubieses escrito tú.

Ayer por la tarde me encontré con el aviso oficial de que ya lo había terminado.

Reconozco que me gusta el título, me encanta y espero leerlo pronto. Mientras tanto, espero que nos juntemos en breve para tener la imagen completa, el relato de cómo fue la experiencia.

La foto es de Neil Moralee y se titula «A good book».

puede ser una noticia

Redacciones de diarios de cuando un periodista todavía se ciscaba en lo políticamente correcto, los redactores jefes no eran robots mingafrías sino interesantes cruces genéticos entre perro de presa, padre confesor, tahúr cínico y madame de burdel; y los periodistas, desde el curtido veterano al osado cachorrillo que heredaba su olfato y maneras, éramos una banda de piratas descreídos, puteros, burlangas, rápidos de ojo y de tecla: desalmados capaces de prostituir a nuestras hermanas o novias con tal de firmar en primera página, siempre a caballo entre el mundo de afuera y aquellas fascinantes redacciones llenas de humo de tabaco, con tazas de café manchando las mesas y botellas de whisky en los cajones, junto al repiqueteo constante de los télex y el tacatatatactac de docenas de dedos febriles golpeando recias máquinas de escribir; duros artefactos sonoros en los que se tecleaba con furia, pasión, rencor, ilusión, ansia de revancha, de aventura, fama, gloria o dinero, en redacciones frecuentadas por los mejores periodistas del mundo: fascinantes escuelas de oficio y de vida donde, cuando repicaba un teléfono a las dos de la madrugada, en plena timba donde algunos se jugaban la nómina cobrada esa misma tarde, cuando ya sólo se oía el tecleo de la máquina de escribir del crítico teatral -Alfredo Marquerie era el nuestro- que acababa de llegar del café Gijón tras cubrir un estreno, asomaba la cabeza por la puerta de su mampara un redactor jefe para decir: «No cojáis el teléfono, cabrones, que puede ser una noticia».

Arturo Pérez-Reverte en El sonido de aquellas teclas.

máquinas de masturbarse

Periodista –¿Cuál es tu última obsesión?

Hank Moody –Sólo el hecho de que la gente se está volviendo estúpida y más estúpida, es decir, tenemos toda esta increíble tecnología y, sin embargo, los ordenadores se han convertido en máquinas de masturbarse. Internet se suponía que tenía que hacernos libres, democratizarnos pero en realidad todo lo que nos dan es un fallida candidatura de Howart Dean y acceso las 24 horas del día a porno infantil.
La gente, ellos, ya no escriben. Ellos escriben en blogs. En cambio, en su texto no hay puntuaciones, no hay gramática. LOL esto y LMFAO* aquello. *(Abrev. de Me parto el culo de la risa). ¿Sólo me lo parece a mí, o son sólo un grupo de gente estúpida pseudo-comunicándose con un grupo de otros estúpidos, en un protolenguaje que se parece más al usado por los cavernícolas, que al inglés de los Reyes?

Periodista –Ahora, tú eres parte del problema. Estás por ahí fuera blogueando con lo mejor de ellos.

Californication – L.O.L (S01E05).

yo escribo, tu escribes…

Leo en Userlinux que hay un nuevo meme pululando, ésta vez sobre los motivos que llevan a una persona a escribir en un blog. Ahí va:

  • Porque sé que, cuando uno se pasa media vida entre libros, necesita intentar escribir algo, lo que sea, aún intuyendo el fracaso y lo vacuo del intento.
  • Porque es un vicio que puedo confesar.
  • Porque es una deliciosa manera de perder el tiempo.
  • Porque me ahorro un dinero, un buen dinero, en psicólogos y psicoanalistas.
  • Porque leyendo conocí mil mundos y escribiendo pinto el mío.
  • Porque vivo lejos de casa, de la familia, de los amigos y esta es la forma más barata de no estar repitiendo siempre las mismas historias.
  • Porque escribir no es lo difícil, lo verdaderamente jodido es mostrar los que has escrito y no morirte de vergüenza, aguantar a pie firme las miradas de éste está pa’llá.
  • Porque refuerza el ego.
  • Porque disfruto cuando alguien me dice que ha leído algo de lo que he escrito.
  • Porque sí, porque yo lo valgo.

meme, blog, escribir

cómo describir un puñetazo

Durante el partido de fúmbol de esta semana que se disputó ayer y que, por las capacidades físicas de más de uno tras quince días de asueto, parecía un campeonato para jugadores de más de setenta años, sufrí la primera lesión de mi carrera deportiva, un montadito de los músculos (o tendones, o huesos, o lo que haya) del brazo, entre el codo y el hombro. Una delicia, la verdad.

En una película titulada Un lugar en la Toscana, un escritor consagrado le preguntaba a un nóvel cómo describiría un puñetazo en el estómago y, ante la falta de pericia de éste, le soltaba un directo al hígado digno del mismísimo Alí. Ayer, de camino a casa, me acordaba de esa escena y pensaba si no sería una oportunidad, un aliciente.

Cuando a alguien con mis cualidades le toca el turno de portero, sólo te puedes esperar lo peor, los goles en treinta segundos, los errores garrafales, la mala colocación bajo los palos y un largo, larguísimo etcétera en el que no te da tiempo a pensar porque, en cuestión de un par de minutos, serás sustituido por un compañero. En ocasiones, las que menos, pasa algo diferente, un córner por ejemplo y el área se llena de gente moviéndose y buscando el gol. Ayer, el córner, lo sacaron con la mano
y bastante alto, para rematar de cabeza. Un instante después de adivinar la trayectoria sabes que debes salir al paso, extender el brazo y despejar la pelota, como hacen en la televisión y, sin apenas pensarlo, corres hacia el balón.

Al saltar para despejar el balón y tocarlo, muy levemente con la punta de los dedos, una corriente eléctrica me recorrió el brazo, desde el hombro y, casi al instante, un dolor nítido y sordo se alojaba en la base del craneo, impidiéndome pensar. Sólo acerté a sujetar el bíceps del brazo izquierdo mientras caía, chillando y tratando de concentrarme en el dolor porque, una vez, alguien me dijo que eso hace que no duela tanto. ¡Mentira! Seguía ahí, invadiendo gradualmente la cabeza, tiñéndome la vista de color marrón y negro, impidiendome responder a los compañeros, decirles que no, que no es una luxación de hombro porque puedo moverlo y porque, además, no pienso dejar que lo coloquen en su sitio sin anestesia general.

El tiempo, en ciertas situaciones le hace caso a Einstein y se expande, convirtiendo segundos en minutos y la mente, poderosa ella, da vueltas y nos incita a pensar cosas raras. A mí me decía que, si movía el brazo, aunque fuese poco a poco, el dolor remitiría y, aunque me sentía gilipollas, apoyé los dedos en el suelo y, con el dedo índice y el corazón, comencé a hacerlos “caminar”, mientras dejaba de oír todo lo que pasaba alrrededor. ¡Joder! Sabía que estaba haciendo el ridículo, pero se trataba de mi primera lesión dolorosa, algo que no se cura con tiritas ni mercromina y dolía, dolía mucho.

Cuando llevaba un par de horas haciendo ese movimiento, es decir, cuatro pasos exactos de mis dedos, el músculo aficionado a montarse sobre otros, se bajó y, en una fracción de segundo, el velo de los ojos desapareció, volví a oír, el dolor desparació y pude hablar más o menos correctamente y advertir que ya estaba, que ya había pasado todo.

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