regalos

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el diego brasileiro

He llegado a la conclusión de que el ser humano no ha extinguido aún por simple casualidad. La última prueba de ello, y casi definitiva, se me apareció este mes. Y digo apareció porque hace unas cuatro semanas me llegó un email de Netflix diciéndome que mi cuenta se había creado correctamente y me invitaban a ver una serie de películas realmente lamentables. Alguien, un diego brasileño con muy pocas luces, había decidido abrir una cuenta en esa plataforma de streaming, introducir su nombre, el número de su tarjeta de crédito y mi dirección de correo electrónico. Si, exacto, dio toda la información de su tarjeta de crédito y luego escribió una cuenta de correo que no controlaba. Lo dicho, un puto genio.

Como siempre que me llega un email dándome de alta en algún servicio, entré en la web y estaba a punto de darme de baja cuando se me iluminó la bombilla (hoy va de iluminados…). ¿Por qué no iba a disfrutar de un regalo? Porque lo vi así, como un regalo de un diego brasileño que, a través de la distancia, me había hecho llegar un presente. Así que no, no borré la cuenta, sólo cambié la contraseña, anulé todos los dispositivos anteriores (los del brasileiro) y me dispuse a pasar lo que quedaba del mes disfrutando de mi regalo.

Y si, el servicio es fantástico, las series son estupendas y The Crown una maravilla. La única pega es que en la semana escasa que disfrutó mi tocayo le dio tiempo a ver una docena de películas lamentables que enturbiaron las recomendaciones de la web.

Al final le ha vuelto la cordura y ha bloqueado los cargos de Netflix (me pregunto qué le habrá hecho dar el paso…) y Netflix me ha cortado el grifo. Una pena. En fin, volveré a tirar del torrent ver la tele, como hacía hasta ahora y esperaré anhelante a que otro diego, de cualquier parte del mundo, se decida a hacerme un regalo de algo que realmente me guste. Porque los llaveros con publicidad, la verdad, ya no tienen encanto.

un email del pasado

Mi abuela ha encontrado, en un CD que le regalamos hace siete años, un email felicitándole su septuagésimo tercer cumpleaños. Escuchó un concierto en La 2 y recordó que sus nietos le habían regalado un disco del barítono Carlos Álvarez, lo buscó y continuó el concierto en casa, a todo volumen como acostumbra. Al terminar, un pico de papel sobresalía de la caja y, tirando, tirando, apareció un papel que no había visto antes, en siete años.

Se trataba de un email, redactado un par de días antes del cumpleaños y que el hermanín recibió, imprimió y ocultó con primor. Porque para esconder un folio de papel en una caja de CD cuyo contenido está expuesto un mes y otro también, durante esos años, hay que tomárselo muy en serio. En él, en el email, le felicitábamos el cumpleaños a güelita gloria, le hablábamos del disco que iba adjunto y, al final, le pedía al hermanín que firmase por ambos con unos garabatos.

Ayer, güelita lo encontró y dio saltos de alegría por una felicitación que llegó siete años tarde. Hoy me ha llamado, me lo ha contado y nos hemos reído. Sobre todo porque hace siete años que mi abuela recibe correos electrónicos.

la cámara

Tiene un par de cámaras para hacer fotos: una réflex de carrete bastante interesante pero que ha ido perdiendo protagonismo según se encarecía el revelado y lo digital iba ganando terreno y otra, compacta y digital, que lleva en las salidas del grupo de montaña y en los viajes y con la que retrata a su nieto. Pero ésta última está dando sus últimas bocanadas y ya no enfoca. Es normal, son cámaras que tienen una vida estimada de X fotos y cuando has sacado tres o cuatro veces esa cantidad, lo normal es que empiecen a fallar.

A mi padre siempre le ha gustado la fotografía y, desde que tengo uso de razón, le he visto rodeado de cámaras y objetivos, comprando enciclopedias del tema e, incluso, revelando carretes en blanco y negro en un laboratorio del barrio. Ya he mencionado el extenso catálogo de fotos que, tanto el hermanín como yo tenemos pero, lo que pocos saben es que tiene fotografiadas a la mayoría de las vacas del Principado de los años ochenta.

A los seis o siete años me regalaron (mis padres) una cámara de fotos que parecía una caja de zapatos, con un flash de doce bombillas, cuadrado y ortopédico que iba quemando bombillas con cada disparo. Me explicaron cómo usarla y la responsabilidad de no tirar fotos absurdas, que luego costaban dinero. Aprendí mucho y rápido y me volví un verdadero guardian del carrete, escogiendo los momentos importantes.

Después vino una Kodac fija, de 35mm, que sacaba las fotos con mucho grano pero que era, cuando menos, más estilizada y bonita. Gracias a aquella cámara guardo un ingrato recuerdo del dependiente de Granada que me cambió el carrete sin engranarlo y me jodió la segunda parte del viaje de estudios. Me pasé quince días ensayando el cambio del carrete en casa, con uno velado, para no depender de nadie.

Aquella era la cámara de fotos de juguete, la de los críos y la que se quedaba en casa cuando íbamos de viaje los cuatro porque siempre venía la cámara grande, la de papá y con la que algunas veces nos dejaba sacar fotos. Ahí aprendimos a cambiar objetivos, lo que es el tiempo de exposición y a mantener la respiración al disparar.

Años más tarde, en 2002 me compré mi primera digital y las cosas cambiaron. Ya no pasaba por la tienda de revelado, veía y almacenaba las fotos en el ordenador y no llenaba la casa de álbumes. ¡Un lujo! Al principio, mi padre mostraba cierta distancia, casi reticencias pero, con el tiempo, empezó a verle la utilidad y terminó comprándose la compacta. Hace un par de años, mi cámara nos sacaba a todos azules y decidí comprar otra, una reflex. Lo hablé con él y nos fuimos a una tienda, derechos a por la canon. Desde entonces, siempre que hemos ido por ahí, yo he puesto la cámara y él me ha puesto en evidencia sacando mejores fotos.

La semana pasada fue su cumpleaños y, viendo que a su cámara digital estira-codos le quedan dos telediarios, me puse a buscarle una réflex digital. Tras perder dos pujas de ebay en el último minuto, terminé comprando una fantástica Canon EOS 300D, en perfecto estado y por un precio irrisorio. No es el último modelo de Canon pero, tras trastear semana y media con ella, puedo decir que lo único que la diferencia de mi 400D es el display y que algunas opciones tienen más capacidad.

Se la dimos el lunes, a última hora de la tarde y el martes por la mañana ya tuvimos nuestra primera conversación técnica. Sé que a partir de ahora tocará revisión diaria de manual, trucos de manejo, comparación de fotografías, tutorial avanzado de almacenamiento y gestión de ficheros, clases teorico-prácticas de photoshop y un largo etcétera, pero no me arrepiento del regalo. Eso sí, no descarto que mi sobrino me retire la palabra cuando se entere, dentro de unos años, de dónde sacó su abuelo la cámara de fotos con que lo persiguió toda su infancia. 😛

Nota: Papá, el soporte informático, fotográfico y técnico 24 hroas se aplica únicamente si disparas en manual y con RAW. 🙂

nos vamos a la montaña mágica

No se trata del balneario del libro de Thomas Mann, pero casi. Nos vamos a gastar el vale que sus majestades de oriente le han traido a eme, un fin de semana en un balneario, spa o similar, en Monfortinho, Portugal. Así que nos esperan unos días de descanso, meditación, placidez y manguerazos de agua.

A diferencia de un servidor, que el año pasado fue especialmente malo, eme mantuvo su bondad por encima de todo y, quizá por eso, quizá por envidia, los Reyes Magos le trajeron varios presentes más que a mí. No es por desanimar a ningún oriental pero, si ignorar el concepto de bien durante un año, siguen trayendo regalos, ¿qué no haré los próximos meses?

En fin, que nos vamos, que sale el tren y, mamá, no me esperes despierta :D.

balneario, regalos, reyes magos

queridos Reyes Magos…

Como este año he sido bueno (todo lo que he podido; ambos sabemos que no es fácil ser bueno y sí parecerlo) y paso del señor ese, grande y gordo, que viene de los estados juntitos vestido de rojo coca, os pido un par de cositas. Conste que no son para mí, son para compartir con una persona (o personas, aún estoy investigando), que ayer al mediodía se dedico a pintar con una llave su electrocardiograma a lo largo del coche de eme. Un poco más abajo te adjunto las fotos de los objetos y la finalidad de los mismos.

bate de beísbol
Si, es un bate de beísbol y, si se puede elegir, lo prefiero como el de la foto, de aluminio. No soy un gran atleta y este chisme pesa menos que su colega de madera. ¿Su uso? Un golpecito cariñoso a la altura de la tercera vértebra, entre los omoplatos y el colega pintamonas meará en una bolsa el resto de sus días.

ballesta
He de reconocer que la ballesta (sí, sí, como la de Guillermo Tell) es para jugar en grupo. Si resulta que son varios colegas, necesitaré un juguete con el que contentar a todos y este, sigiloso, certero, de repetición, se me antoja divertido y útil desde una terraza, una noche sin luna. ¡Ah!, por pedir, que no quede… las flechas me gustan de las cortas y duras, con la punta afilada y si se os cuela una mira telescópica, mejor que mejor.

Saludos a los camellos,
n1mh.

reyes magos, regalos, hijoputa